Un gato en el año del tigre

Mi gato maúlla por siempre.

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Etno gastrónomo por vacación – Luminaria a la Italiana

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LaLorenSofía nos mira como una luminaria desde su marco de diva, mientras nos dedicamos a honrar nuestro apellido ante una pizza fuera de la carta, seguramente otro motivo de satisfacción de mi árbol genealógico, bajo la sombra de Omero de acuerdo a la ultima revisión.

Gracias a la complicidad del camarero, tomamos posición en la mejor mesa del local, alumbrados por la gracia de esta romana tan universal y comparable con el Coliseo en su condición de monumento.

Como todo hogar, lo primero que te asalta es ese olor que te abraza sin esperarlo apenas cruzas la puerta, adueñándose de tu imaginación donde todo apunta a una experiencia memorable, al igual que cada visita a la mesa donde honren la tradición más importante de estos tiempos procelosos – la comida lenta.

Con énfasis en el disfrute ante la conveniencia, uno debe estar preparado para aceptar el compromiso de olvidarse del reloj y entablar la conversación que sirve como el mejor aderezo de cualquier comida. Redes sociales apartes, es posible rescatar la esencia de la alimentación, donde la prisa no tiene cabida en virtud de la misión encargada de asegurar el disfrute de compartir el tiempo – ese recurso que se escapa si lo apresuramos – con las personas importantes de nuestra vida, como Loly y la Loren.

Loly eligió bien, en su asertividad característica, abriendo con unos camarones salteados con un jardín completo, donde destacaba el ajo, tomate cereza y otras esencias de un océano profundo en texturas. Luego se enfrentó a una pizza con jamón – donde destacó el peperoni entre las ondulaciones crujientes de una delicada base de acuerdo a sus deseos.

En mi caso, luego de escuchar las recomendaciones del Camarero, me ocupé de las opciones – generalmente ocultas – de la carta. Al escuchar el nombre Testa rossa con la que una pizza fue bautizada en esta casa de sabores, supe a que atenerme.

Al igual que la joya de 12 cilindros que la Ferrari sacó al mercado hace 30 años, sólo era necesario dejarse llevar por las emociones, para disfrutar del diseño al servicio de la pasión, en este caso por la buena comida. Ante el dilema de la comida lenta frente a un plato capaz de ser relacionado con unos 300 kilómetros por hora, abordé una entrada de coliflor al vapor con crema, seguido de una porción pequeña de sopa de lentejas capaz de impulsarme en esta gélida primavera de Houston.

Entonces apareció ante mi esta pieza de la gastronomía italiana, donde se combinaba la técnica, capaz de elevar la masa a alturas donde el sabor cambia de nombre, con el arte donde un embutido tan sencillo como la Coppa, marida con la mozzarella y la salsa de tomate bajo sacramento salido del horno a nuestras espaldas.

Lo que una la buena comida que no lo separe el hambre.

Gustavo Pisani, Richmond, abril 7 de 2018

Pizzeria Solario, 3333 Weslayan St #100, Houston, TX 77027

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Written by gpisanic

07/04/2018 at 8:43 PM

Abuelo – 3 de 3

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Al Regreso

Cuando logró ver la prosperidad, a pesar de la edad acumulada, viajó de vuelta a su terruño con la emoción de un muchacho de cincuenta. Ahora le acompañaba su familia nueva la cual venía en aumento, mientras allá las cruces seguían marcando el paso del tiempo.

Al tanto se acortaba el camino de regreso, sentía algo muy adentro que no logró compartir con nadie. No era alegría, ni miedo, ni nada parecido. Se trataba de una curiosidad tan grande que no podía compartirla.

Era como estar viviendo una vida de nuevo. El puerto, las calles, las casas y las personas. Todo estaba en su mismo lugar, pero cuarenta años más tarde. Pagó respeto a las tumbas, los familiares y los conocidos. Visitó los campos, las casas, la Iglesia, recorrió el camino entre el pozo y su antigua casa, como lo había hecho millones de veces cargado de inmensos bidones de agua. Subió a la montaña y le pareció pequeña, bajó la colina hacia los viñedos y encontró un edificio. Se asomó a los valles donde llegaba el olor del río, del ganado y de las aves. Se echó en el campo, como lo hacía cuando adivinaba mapas hechos de nubes. Vio en ellas el océano, los continentes y la ruta que recorrió en su momento alocado. En pocas horas vivió las emociones de toda su juventud, rodeado de sus descendientes quienes no le conocían esa cara. Bebió vino que le tiñó los dientes de tanino, rió, lloró y cantó en las bodegas de sus viejos conocidos quienes le llamaban ahora “Don”.

La sorpresa de verlo viejo, no se correspondía con las personas de luto ocultos bajo arrugas infinitas, algunos incluso siendo sus contemporáneos. Se sintió como un muchacho en la tercera edad. En el pueblo se corrió la voz que había regresado.

Le costó trabajo reconocer en esas caras, endurecidas por existencias imposibles de reproducir, la juventud que dejó atrás cuando se decidió iniciar una nueva vida. Los que antes voltearon al pasar ahora salían a su encuentro en la calle, apartando la muerte por un instante para no partir sin despedirse antes. Nunca se habían perdonado darle la espalda el día que salió por el muelle hacia la nada. Todo el mundo quería estrechar sus manos nudosas con manos similares, de trabajo rudo. Era como asegurarse de la existencia de un fantasma, cuya mención hizo historia por tanto tiempo en el pueblo. Parecía una procesión de Domingo, sus hermanos no podían ocultar el orgullo familiar. Ni una risa, ni un color.

Ayudó inmensamente a sus relacionados sobrevivientes; nadie esperaba algo de ese descarriado aventurero, quien se atrevió a retar a la esencia de la sociedad eterna, al otro lado del mar.

Había triunfado, pero no quedaba nadie para celebrarlo. Buscó su origen y lo que consiguió fue las razones que lo impulsaron a buscar su vida en lugar de enterrarla.

Era el abuelo de una historia larga que nadie escuchaba y el muchacho alocado que dejó atrás una larga tradición representada por él y por su esencia. No era fácil el camino a Itaca.

Regresó para quedarse en su país adoptivo, ya no quedaba nada capaz de hacerle extrañar esa tierra que se tragó sus ancestros. Había valido la pena todos y cada uno de los sacrificios que enfrentó durante tanto tiempo, sólo para ver lo que hubiera sido de él en caso de haberse anclado.

Finalmente le pertenecía el futuro; lo veía brillar en los ojos de sus nietos.

No esperaba que nadie en su familia pasara por las mismas penurias de su travesía. Temía que no disfrutaran con la suerte de encontrarse con  un país de oportunidades, sin odios, abierto y generoso. Contaba con la escuela de vida que fundó sin proponérselo cuando se esforzó en ser hombre de bien. Era la principal herencia que podría dejarles.

¿Sabrán algún día lo que significa ser un inmigrante?

Written by gpisanic

13/08/2010 at 9:21 PM

Abuelo – 2 de 3

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El Trabajo.

Ese primer día nunca se borró de su mente puesta a prueba desde todos los ángulos, y a pesar de las generaciones que vio pasar por la puerta de su casa, recordaba cada una de las experiencias de un mundo nuevo que no dejaba de serlo al siguiente amanecer.

Se dedicó a trabajar porque era lo único de valor que traía en su equipaje, y durante casi 3 décadas apenas supo de su sangre por cartas que nunca llegaban o teléfonos con ruidos crónicos, inútiles para sentir las penurias de lado y lado. Los años dejaron de pasar y comenzaron a acumularse más rápido de lo que podía acordarse, como la esposa, las hijas y los hijos, las arrugas y muy pronto, los hijos de los hijos.

La existencia era fácil en el trópico en esta época, como parecía que lo había sido siempre gracias a las bendiciones de la tierra y de la gente. Sólo era necesario trabajar responsablemente para procurarse un futuro mejor, aunque a nadie parecía preocuparle realmente. A todos les llegaban las posibilidades de existir por igual, con o sin esfuerzo, de modo que no parecía necesario dejar de divertirse, ni siquiera llegar a preocuparse por el mañana. Esa era la fecha mágica para cuando todo estaría resuelto. Todos los días sin excepción eran de fiesta, si por celebración se entiende beber, bailar y reunirse sin una excusa. La gente no dejaba de reír, compartían todo abiertamente y no existía la preocupación, ni el odio, ni el rechazo al recién llegado. Se sentía como en su casa sin conocer a nadie, le invitaban a celebrar en la mesas de la familias bajo cualquier pretexto o a compartir los platos de sus comidas desconocidas, con el mismo entusiasmo desbordado. Aprendió las groserías, el sancocho, la rumba y la pachanga. Cualquiera en su vecindario por igual le palmeaba la espalda, lo abrazaban, lo estrujaban, lo zarandeaban como si de un muñeco se tratara. Se burlaban de su acento, de sus palabras y de su inocencia, le consiguieron un trabajo con unos compadres, lo llevaron y lo trajeron, lo acomodaron y lo alimentaron como si fuera un hijo de todos. Jamás tanta gente hizo tanto por quien viniera en esa oleada de inmigrantes al nuevo mundo donde todo era bello, abundante, nuevo y barato. Qué diferencia con la vida esforzada, mezquina y penumbrosa de su tierra natal.

Cada día cuando regresaba de su ocupación, se encontraba en la esquina de siempre a todos los hombres de las familias quienes le brindaron su apoyo inicial. Por años resultó lo de siempre; el saludo, las bromas, la cerveza ¡Tómate una musiú¡ le gritaban burlándose con la botella de cerveza en la mano.

Con misma la determinación que le hizo navegar el mar infinito en pos de un sueño, continuó el esfuerzo de mejorar su vida en este trópico generoso. Los paisanos prosperaban; algunos volvieron sin adaptarse al cabo de poco tiempo. La colonia mantenía sus tradiciones, aprovechando una tolerancia de sus vecinos que resultaba inesperada, si se quiere excesiva, bajo cualquier estándar. Las creencias, los valores y la Iglesia eran de una similitud auspiciosa. Excepto por el trabajo.

Más temprano que tarde, su dedicación como obrero de bloque y cemento le valió una oportunidad como capataz, luego como jefe de cuadrillas, para seguir avanzando hasta contar con su propia empresa de construcción. Las oportunidades abundaban, sólo era necesario extender la mano y alcanzarlas en esta tierra de gracia. Los zapatos sucios, las manos llenas de callos y la espalda doblada de tanto trabajar era su marca que durante largo tiempo mostró orgulloso. Ahorró hasta el último céntimo que pasó por su bolsillo. Comió pan dulce con gaseosa al lado de sus obreros como único almuerzo por más tiempo del que deseaba recordarse, con los mismos amigos de la barriada que no dejaron nunca de llamarlo por ese sobrenombre inexplicable, ni de hacerle bromas, ni de burlarse de su acento, de sus palabras y de su inocencia. Algunas cosas no cambiaban.

Una vida de dedicación, responsabilidad, respeto y dedicación trajo sus frutos, como era de esperar. Cuando finalmente reparó, en medio de un descanso merecido luego de tanto trabajar, había construido las bases de su familia para las próximas generaciones, más que por los recursos acumulados con tanto esfuerzo, por el ejemplo que siempre brindó incluso sin proponérselo. Ayudó a sus amigos de juventud del barrio que dejó atrás, nunca dejó de estar pendiente de sus familiares al otro lado del mundo y apoyó decididamente tanto a sus paisanos como a los de aquí que deseaban dedicarse al trabajo como él lo hizo, tanto tiempo atrás. Era un país de oportunidades que le había abierto la puerta; cómo negarse a seguir esa costumbre maravillosa.

Sus hijos e hijas habían nacido en esta tierra y se sentía más Venezolano que muchos de aquí, a pesar de lo que dijeran.

Pero a pesar de su respeto y agradecimiento, nunca comprendió totalmente este lugar libre de preocupaciones.

Written by gpisanic

13/08/2010 at 1:02 AM

Abuelo – 1 de 3

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El abuelo

La Isla

Salió un día de la casa con maleta y documentos, decidido a encontrarse con el futuro que no aparecía alrededor de la isla. Llevaba encima su vida y nada más; no necesitaba mucho para atravesar medio mundo. La despedida de sus hermanos fue corta y seca, como si regresara de la esquina en pocas horas. No pudo ver a su madre porque se encontraba en cama, sin salir de la muerte fría que se apoderó de ese corazón sufrido hasta que finalmente lo detuvo, apenas algunos años después. Su padre ni se molestó en levantar la cabeza, para ocultar los ríos que bajaban por las arrugas de arriero. El camino al puerto le resultó insuficiente para recordar a todos los acompañantes a quienes deseaba llevar en su pensamiento. La mayoría volteó la cara a su paso para no verle en este momento aciago. Era una locura. La aduana lo devolvió a la realidad y antes de secarse el sello de partida, se encontraba a bordo buscando un camarote o algún lugar donde dormir entre mamparas, en un buque de apariencia incapaz para transportar tantas esperanzas juntas.

Cuando volvió a la cubierta, se asombró de ver a su tierra apenas como un guisante en la distancia, entonces cayó en cuenta de esta decisión aventurera que lo llevaría en busca de uno de sus destinos al otro lado del océano. Era el momento de ver hacia delante, como si lo hubiera pensado suficientemente, sin la excusa del impulso que lo llevó a alistarse para cambiar todo. De una vez y para siempre; a los 18 años ya estaba cansado de esa fatiga persistente.

Conocidos de toda la vida se juntaron en esta travesía impenitente, con días eternos seguidos de noches perdidas, rodeado de inimaginables situaciones capaces de regresar a los débiles de corazón. El pelo de la dehesa brotaba con sus mechones irreverentes por todas partes. La sentina y las cubiertas apestaban, y con ellas toda la nave. La travesía resultó inhumana desde el zarpe hasta que no logró acostumbrarse. Si ésta era una prueba de resistencia, se encontraba decidido a superarla con tal de no enfrentar nuevamente sus términos.

Al final, luego de tantas jornadas y cuando la resistencia le entumecía las mañanas, rodeado de sudor por todos lados, mareado, alicaído e indiferente, salió bajo la cubierta impulsado por la inesperada alegría de esas almas en pleno trashumar, quienes ahora gritaban como niños y lloraban como adultos.

Por más tiempo de lo esperado no alcanzó a ver lo que todos celebraban, eufóricos. Apenas aferrado de la baranda, con la otra mano de parasol, lograba sostenerse ante los embates en torrentes de sus acompañantes. Muy lentamente luego de tanto parpadear, empezó a distinguir el brillo irreal de un sol que le hería profundamente la piel y los ojos, mientras descubría asombrado que el origen de ese calor agobiante no era la hoguera.

Entonces distinguió una montaña tan verde y alta como nada de lo que conocía en su tierra vieja. Picos, valles y nubes jugueteaban con una determinación similar a la suya, como si la vida fuera diversión y el tiempo lo regalaran en la puerta de este paraíso, donde todo el mundo sonríe por alguna razón que tampoco era necesaria conocer. Olores, colores y sonidos, todos nuevos se mezclan bajo el mediodía tropical, con una intensidad capaz de bloquear las sensaciones, o de extasiarlas hasta sus límites. Caras, cuerpos y pieles de todas formas y tonalidades; dientes brillantes a granel, ojos grandes y oscuros, cabelleras al aire y ropa desprejuiciada puesta a volar como las aves y la pasión. La carne atrae con una gravedad desconocida, fuerza inesperada capaz de desviar planetas enteros, con habitantes e historias por igual, hacia galaxias profundas de futuro imprevisto pero imposibles de no visitar por una vida. El amor está en el aire, e impregna insistente todo a su paso, con una voracidad tan intensa como la frondosidad de la naturaleza que aborda decidida antes de esperar por su encuentro. ¿Dónde se encontraba esta gente alegre para llevar un poco de vida a la existencia impasible de esa villa lúgubre? los recuerdo son enterrados a velocidad de vértigo; una impresión sucede a otra y al poco tiempo el agobio impera en todos los sentidos. Pasarían semanas antes de digerir estas primeras experiencias, pero algo ya le decía que nunca llegaría a entender un lugar libre de preocupaciones. Sentía flotar su paso sobre esas calles, donde ni la basura molestaba. Todo era brillante y nuevo. No podía saber si estaba llorando o riendo a la vez, ni logró distinguir qué era mar o lágrimas en sus ojos inundados; no conocía lo que era estar tan emocionado con el corazón escapándose tras esas comparsas interminables calle arriba ¡Hemos llegado¡ gritó en su idioma por sobre la muchedumbre, como librándose de una cadena atada a su alma, pero nadie reparó en sus palabras cuando volaron por sotavento.


Written by gpisanic

12/08/2010 at 8:40 PM

Cisne

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Por un cuello

Venían de muy lejos a dejarse ver por sus manos, le rogaban por la vida de sus hijos y el sufrimiento de sus ancianos, lloraban de emoción cuando salía triunfante de verde dejando fuera del pabellón a la muerte una vez más, y sobre todas tantas y otras cosas, le idolatraban por salvar la vida a la eterna reina del carnaval del pueblo, sin dejar de lado esa sonrisa que era tan mágica como todo lo demás en esta tierra del oro.

En un lugar donde las paredes sudan cochanos y las calles rezuman oro cuando llueve, en el que la belleza es tan intensa que duele y las creencias vienen de todos los lados imaginables, es difícil imaginar algo o alguien que encienda  sentimientos tan profundos como las vetas que abundan en todas direcciones sin ser vistas.

Las amenazas de su talento surgieron temprano en la carrera, al punto de rebatir la opinión de galenos eminentes e instalados en comités de evaluación incapaces de acotar sus neuronas estudiantiles. Le recuerdo siempre decir demanera lacónica, cada vez que rebatía sin misericordia el dictamen especializado de algún colega destacado – es que no saben. A partir de entonces y para siempre, sus diagnósticos sentaron precedentes en muchos sentidos, no tanto por su conocimiento como por su ojo clínico. Las limitaciones de un consultorio que no pasaba de un mobiliario victoriano, con la pobre Remington que apenas sobrevivía al traqueteo acelerado de sus dos dedos, no eran obstáculo para resolver toda clase de traumas de la que una zona minera puede presumir. Su magia llegó a niveles místicos cuando, quizás por la incidencia de enfermedades respiratorias en esa zona , combinó técnicas de manera efectiva para el tratamiento del asma. Llegaban en autobuses llenos de esperanza y enfermos del aire, de lugares tan lejanos como inesperados.Esos peregrinos de la salud eran movidos por la fe absoluta de obtener de vuelta una vida normal, como en procesión al santuario.

Cómo explicar un don de esa naturaleza? Quienes llegaban temblorosos a su consultorio espartano, veían la luz en sus palabras y retomaban la vida dejando atrás la intermitencia que les amenazaba. Este enderezador de entuertos, con toda su carga quijotesca, veía venir de lejos las enfermedades antes que sus pacientes las sintieran. Por nada le decían que era brujo. Por similares razones le tildaron también de loco.

Las jóvenes en especial, sentían terror por las consecuencias de sus aventuras de la edad y la pasión, cuando se enfrentaban a esa mirada que escrutaba sin desvestir, capaz de acertar las semanas de gestación con pocos días de error.Llegaban de la mano de la madre inocente, sin subir la cara, mientras los síntomas eran narrados de manera piadosa. Desde muy temprano en la consulta la verdad rondaba el ambiente. Al terminar la historia y ante la pregunta – qué tendrá mi niña, Doctor? – no era necesario ni siquiera auscultar a la púber, allí estaba la sonrisa del galeno para detonar la carga que duraría toda la vida. – Felicidades abuelita –mientras firmaba el récipe para la primeriza adolescente, extendiéndolo mecánicamente. Su método tenía fama de infalible y mientras caminaba por las calles del pueblo, las niñas en desarrollo evitaban cruzarse con este oráculo local.

Le recuerdo alrededor de la amplia mesa de campo, fumando rodeado de su prole y narrando historias infinitas de vida y muerte, amor y soledad, pacientes y vícimas, cuando al final siempre señalaba hacia un lunar de color extraño que adornaba su pecho cerca del hombro. – De esto es que me voy a morir – decía para nuestra sorpresa infantil.

Nunca lo hizo porque su magia no salió del pueblo. Algunos afortunados logramos escucharle parte del método que descarta vírgenes. Parece que tiene que ver con la forma del cuello y la graciosa curva que adorna su caída, como un cisne, la cual se pierde para siempre en la brega inicial. Me lo imagino riendo al lado de sus colegas, en el hospital donde todos van vestidos de blanco impecable por una eternidad, mientras las jóvenes del pueblo le elevan devotamente rezos tardíos en busca de un milagro.

Written by gpisanic

03/07/2010 at 1:45 AM

Isola

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La casa de mis tías descansaba a medio camino de las esquinas de Páez y Girardot, con el número 40, en la urbanización modelo de los años 50 de Caracas, para entonces la Capital del Cielo. Largos pasillos comunicaban un par de patios internos cuya luz bañaba desde la sala del recibo hasta la cocina. Cuando se vinieron de Guasipati trajeron consigo la esencia de Guayana, desde la planta de romero hasta los arrendajos que siempre arrullaron mis vacaciones en esa pequeña jungla que se hacía infinita en los juegos de la imaginación.

Les trajo la bonanza petrolera, primero al hermano mayor quien dio el salto desde Caripito, el gran terminal del Oriente, hasta una moderna oficina ubicada en la orilla Sur del Rio Guaire llamada Los Chaguaramos, donde el edificio imponente de la empresa se asentó frente al Avila. Luego llegaron sus hermanas hasta completar la familia con la abuela, en ese rincón donde la vida se quedó dulcemente atrapada por décadas.

Dos cosas recuerdo de esa época y ese lugar especial que marcaron mi niñez. La primera se remite a los remolinos que nunca dejaron de crecer en mi cabeza redonda, temeraria expresión capilar de la libertad, independencia e hidalguía, porque no hay que negar su altivez distinguida. Cada tantas semanas me sentaban en la tabla apoyada sobre los brazos de una silla de barbero y la máquina se encargaba de reducir esta resistencia hasta una pollina incipiente, de cuyas cenizas renacían como siempre esas flechas indobegables – en términos más que literarios.

La segunda se quedó congelada en una foto que me parecía tomada desde el inicio de los tiempos, por el mismo Daguerre quizás, sin marco, precariamente sujeta en el vidrio de la cómoda en uno de los cuartos vacíos, con una playa en dos colores de fondo, como las dibujó Reverón, donde aparecen una infante y una dama tomadas de la mano. Al reverso se leía “Tiziana e mamá”, con una caligrafía de la guerra en búsqueda de sobrevivientes.

Tiziana vivió en mi mente los últimos 50 años, siempre en la playa, al lado de su madre, inocente y eterna, en esa Isla de Elba tan histórica como lejana. Presente en los sueños de un soñador declarado que nunca se alejó de su nube y terminó incorporando a toda su familia a bordo. Hasta la fecha me acompañan en esta aventura etérea y voluble que se vive y disfruta en toda su imaginaria extensión.

Jugué, crecí, amé, viajé y seguí conjugando verbos de vida hasta que nuevas palabras explicaron las necesidades de cada edad, para las que nuevos verbos llegaron a ser conjugados en presente y otros esperan en su estación a lo largo de este viaje que espero nunca acabe, como las buenas ideas. Durante todo ese tiempo, siempre apareció esa imagen que servía de puente entre vidas e historias, uniendo continentes y ampliando familias, con su mirada inocente tratando de entrar en esta época y este lado del mundo. Tiziana era otro gen con el que crecí sin necesidad de contarlo.

Medio siglo más tarde apareció Tiziana, con la misma mirada, ahora en colores. La trajo la red universal a la pantalla de mi escritorio y ahora es una amiga. O al menos eso dice la clasificación que nos empeñamos en asignar a todo lo que cae a nuestro alcance.Ella no necesita entrada en registro alguno que no sea filiar, como le toca a quienes comparten la sangre.Un personaje de mi familia, dictaba cátedra en la Universidad y luego de ser perseguido por sus ideas, se exiló por un buen tiempo. Cuando finalmente regresó a sus clases, luego de los eventos que devolvieron la decencia al país, en la mejor tradición Épica las primeras palabras que dirigió a sus estudiantes fueon “como veníamos diciendo”. Así llegó Tiziana.

Written by gpisanic

30/06/2010 at 2:27 AM

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