Un gato en el año del tigre

Mi gato maúlla por siempre.

Archive for the ‘Pueblos y vida’ Category

La maleta inútil – Isla flotante

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Atardecer de Peki

The traveling freckle

El atardecer llegaba como de costumbre en esta nación donde se vivía trashumando sin parar, navegando por derrota a barlovento, con los últimos rayos rasgando el cielo mientras la brisa refresca la playa con aromas naturales sujetos a la temporada. Cada puesta de sol era única y a manera de rito, reunidos hacia el poniente, apreciaban inmersos en un respeto sobrecogedor, cómo los matices se multiplicaban en colores desconocidos para estos espectadores privilegiados. Sostenían el aliento sin advertirlo, mientras el espectáculo seguía tanto como la naturaleza lo permitía en medio de una emoción indescriptible. Era como rodar la silla para seguir disfrutando del horizonte en un planeta pequeño, prolongando el éxtasis hasta el cansancio.

Era cuando los viejos lloraban diariamente de emoción y las lágrimas explotaban los rayos de luz en sus ojos que creían haber visto lo suficiente. Estrellas brillantes terminaban rodando por esas arrugas acostumbradas a ver pasar lo que la vida les había ofrecido, mientras los jóvenes terminaban abrumados de tanta belleza sin palabras capaces de describir el espectáculo. Si el mundo se acabara cada día al poniente, ésta era la mejor manera de honrar la oportunidad de haber vivido, como si se tratara del último ocaso desde el fin de la tierra.

Llegada la hora de dormir, la isla se sumía en un estado de suspensión arrullado por los cantos de ballenas, en cuya compañía recorrían la corriente del golfo sin esfuerzo. Las tonadas les resultaban conocidas, provenientes de viejas compañeras, en esta aventura que recién se iniciaba por el resto de sus vidas. Es que la política original de la isla, cuando se encontraba fija en su lugar en la tierra era respetar el ambiente por sobre todas las cosas materiales. En sus playas anidaban las tortugas más grandes, las cuales no olvidaban el buen trato y el cuidado de sus crías, mientras las costas bullían de las danzas de apareamiento de los cetáceos más grandes del planeta. El santuario en el cual convirtieron su isla había soltado sus amarras para convertirse en otra criatura en busca de su rumbo en este mundo, y en esa aventura sus antiguos visitantes se habían convertido ahora en compañeros de viaje, durante la interminable migración anual tras alimentos, para perpetuarse como especie y de paso, adornar el paisaje sin proponérselo.

A esa altura, los isleños con esa sabiduría que les caracteriza habían desechado sus maletas, porque habían aprendido de sus vecinos de aventura que era posible viajar con la casa a cuestas, cantando para animarse en el camino. La vida en la isla era una vacación permanente.

Gustavum Henricum

Richmond, 20 Septiembre, 2017

Rosario de cocos

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Apenas el  alba se anunciaba Jose Pino se dirigía de regreso a su cuarto con los ojos llenos de ideas y las manos cargadas de piezas recuperadas de la playa que acariciaba el zaguán de su casa, era otro día más en el taller donde dormía mientras soñaba con lo que el mar le iba a regalar sin mezquindad en este paraíso tropical.

Como de costumbre apiló los trastos y se dispuso a clasificarlos según un rito que seguía estrictamente la costumbre de los años dedicados a la creación, sin repetir o desechar una idea por peregrina que esta fuera, hasta alcanzar el último suspiro de su visión que descansaba sobre algodones impregnados de endorfina.

Su compañera de vida – la que actualmente le soportaba sus excentricidades – se despertaba con el sol bien alto y se acercaba con un cuenco humeante de café en las manos que compartía con su loco, como le encantaba decirle, durante todos estos años luego de encontrarse en una jornada de limpieza de playas, de esta isla caribeña tan orgullosa del respeto por el entorno natural.

Se había dedicado últimamente a reformular conceptos enteros, basado en las piezas que las olas le arrimaban. De una puerta construía una mesa con mirilla hacia las ideas asomadas a ese espacio de creación, si se encontraba una red de pesca, las convertía en móviles con conchas marinas que capturaban los ritmos del barlovento al caer la tarde. Era un artista de la supervivencia dedicado a rescatar lo que el mundo se empeñaba en desechar.

Una de sus últimas creaciones era un flotador construido con cocos, partiendo de un collar o cinturón atado por fibras naturales de la planta, el cual había evolucionado a una pequeña embarcación capaz de flotar bajo cargas livianas. Pero seguía probando con redes de mayor extensión capaces de mantener juntos esos frutos por más tiempo, para alcanzar autonomías de rangos inesperados para embarcaciones naturales.

Como cada año por esta época llegó la temporada de huracanes y elevando su vista al cielo se percató que los eventos meteorológicas en esta ocasión no tendrían precedentes. Se encerró por días enteros apenas tomando alimento, mientras desarrollaba sin descanso la solución que nadie le había encargado, pero Jose era de esas personas que no necesitaban más que su inspiración para dedicarse sin descanso a perseguir sus sueños.

La tormenta tropical le sorprendió trabajando la solución a medianoche, mientras trataba de resolver detalles de integridad de su creación autóctona. La violencia finalmente tocó las costas el 13 de Agosto a las 7:31 AM y a partir de ese momento se perdió la comunicación con el mundo exterior debido a los efectos devastadores causados por vientos que no alcanzaban a escucharse, o por olas cuyas crestas llegaban a la azotea de los edificios de mayor altura, asolando la infraestructura de esta nación insular. Por días el mundo no supo de sus habitantes, pero apenas disipadas las turbulencias, bajo el humo y la neblina que anunciaba una desolación total, no apareció nada. La isla desapareció como si se la hubiera tragado el mar en su furia sin límites, por causas atribuibles a la carga térmica emitidas hacia la atmósfera con consecuencias tan previsibles como devastadoras.

Se iniciaron las exequias masivas, las islas vecinas aún bajo el impacto de sus propias pérdidas, colaboraron con los actos y las oraciones elevadas por las almas perdidas bajo el rigor de la naturaleza. No pudieron fijar un sitio para elevar el monumento correspondiente, ni lograron cremar restos de víctimas cuyos cuerpos nunca flotaron en ese mar picado que amenazaba este mundo tropical, acostumbrado a no preocuparse ante las sorpresas que a veces guarda la vida incluso en estas zonas tórridas.

Al poco tiempo – ya casi olvidada la historia de la isla sepultada por la tormenta del siglo – un crucero en su ruta hacia el Golfo de Méjico divisó a un objeto inesperado y ajeno a las cartas marítimas para esa ubicación. Con palabras cortadas por la sorpresa, el experimentado capitán sólo pudo rescatar para la Guardia Costera que se trataba de una embarcación masiva dotada de una frondosidad extraordinaria en lugar del velamen, la cual parecía flotar sobre cocos, mientras se dirigía al Este con viento favorable.

Gustavum Henricum

Richmond, 14 de Septiembre, 2017

Año nuevo, isla nueva

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Momento de propósitos a perseguir durante el 2016.

Me propongo seguir escribiendo como si la tinta no se agotara jamás, a leer todas las letras que se coloquen a mi alcance, a seguir dejando una huella que podrá significar algo a alguien y a ayudar al prójimo sin esperar nada a cambio.

Intenciones tan sencillas como transformadoras, capaces de cambiar al mundo, a mi mundo que gira de manera irregular alrededor de los sistemas que tengan soles cuya luz alimente, órbitas que muestren nuevos universos vecinos y la gravedad que me permita alcanzar los sueños que tienden a flotar en las mentes más divertidos.

Por lo pronto trabajo en mi última antología curada a la luz del horno, donde un pernil alcanzaba la gloria próxima a una empanada que no dejó de crecer hasta después de comerla.

No podía ser de otra manera, la obra principal tiene ya una generación de por medio lo que le debe traer hambriento, más que por su ocupación que titula el primer libro de la cosecha de este año – El náufrago del Lago de Maracaibo.

Que viene dejando estela con su larga barba,

Los mejores deseos en el nuevo año que recién comienza, el cual nunca muere eternamente, según María Luisa Bombal en su extraordinario relato “Las Islas Nuevas”

Gustavo Pisani, Richmond, Enero 1,2015

Written by gpisanic

01/01/2016 at 8:56 PM

Veinte flores amarillas

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Dalia, eres tú?

Dalia, eres tú?

Quamvis flavo sectis.

Amaneció rodeado de pétalos, luego de un profundo sueño a causa de haber andado sin parar toda la noche brillante. No recordaba hacia donde se dirigía, pero algo le decía que no debía ser este el lugar porque todos a su alrededor le miraban con espanto. Y quién es esta gente? Se preguntó sin alcanzar a escuchar su propia voz, pero no estaba sordo sino afónico.

Se levantó con dificultad y se apartaron mientras recorría penosamente el pasillo hacia la puerta del local. Las flores seguían cayendo marcando su rastro afanoso, como una abeja en su último vuelo que viene a entregar el polen a su reina.

La cabeza volvía a su lugar en cada órbita alrededor de los ojos, que prefería mantener cerrados más por la fiebre del heno que por la fotofobia exacerbada ante los reflejos de tantas flores amarillas.

Heroicamente se aferró al marco de la puerta, aspiró como si no tuviera fondo en los pulmones y cuando logró concentrar la vista, vio entre el resplandor de media mañana llegar a sus compadres atribulados, quienes lo estaban buscando desde que se les perdió en una noche borracha de serenatas.

Se apresuraron a recomponer al cantante, mientras se disculpaban a la pompa. Cuando lo llevaban a rastras logró voltearse para tartamudear su propia indulgencia ante los deudos, pero sólo vio a su amada en un tapiz de cempasúchil que la hacía lucir más bella.

No había cambiado nada.

Gustavo Pisani, Richmond Noviembre 2, MMXV

Flores de veinte pétalos ? Visita la floresta del Amazon.com/Gustavo-Pisani #Altares #eBookSpain

Written by gpisanic

02/11/2015 at 9:33 AM

Acuosidad profunda

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Ojos acuosos

Ojos acuosos

Cap. Dalias

Decían que su mirada acuosa transmitía una sensación inmediata de sosiego, como si se encontrara sumergida en una gota contentiva de un universo de paz donde no necesitaba absolutamente nada, ni siquiera el amor de quienes la rodean. Casi no hablaba pero cuando lo hacía era como si saliera música de esa boca triste, en compases melódicos de una balada interna que luchaba por ser escuchada.

La Encíclica Verde

Gustavo Pisani, Richmond, Octubre 8, Mes de la Hispanidad #AutopublicaconKindle

#EnciclicaVerde #Cruzadambiental #eBookSpain

En nuestro mes Amazon ha elegido nuestra obra #EnciclicaVerde como parte de la promoción para incentivar a los autores que todavía escribimos en español. Visita Amazon.com/Gustavo-Pisani

Written by gpisanic

08/10/2015 at 6:36 PM

Santa Ana de los Cuatro ríos de Cuenca

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La mitad del Ecuador

La mitad del Ecuador

El río Tombebamba divide al planeta en dos parte iguales, como el Ecuador. Digno de tomar en Cuenca.

Aventuras de la Peca Viajera

Fotos de Andrea Pisani

Written by gpisanic

07/08/2015 at 7:07 PM

Publicado en Andrea, Pueblos y vida

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La gran llama – Inextinguible

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Continuación – Merengada ósea

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Cuero templado

La llama se inició de manera previsible como una deflagración accidental que apenas salvó la distancia entre la paja seca impulsada por vientos de cambio, hasta convertirse en lenguas hambrientas abrasando todo a su paso. Pronto la extensión del fuego cubría zonas enteras dadas por perdidas durante la crisis económica de la que no se han terminado de librarse aún, para enterrar de nuevo las esperanzas de bienestar posible. La sequía del alma se extendió por la región hasta convertirla en un erial.

La combinación nefasta de indolencia y condiciones climatológicas extremas, colocó la guinda en zonas desahuciadas bajo lo que parecía ser un sepulcro gris y eterno. Las consecuencias de la tragedia dejaron de contabilizarse públicamente, cuando un pueblo completo quedo sitiado por un cerco ígneo. Era como si volaran las llamas – dijeron los bomberos en estado de conmoción, al igual que el resto de la nación incapaz de asumir en su dramática dimensión esta pérdida de vecindades completas. Quedaron reducidos a cenizas que el viento arrastra por el resto del país, para relatar con su presencia y olor la historia terrible de una calamidad impensable e indetenible.

Las fuerzas coordinadas bajo un comando de seguridad nacional, se activó para confinar en lo posible las perdidas y mantener el control de una sociedad que crecía intranquila ante lo irremisible dela naturaleza. Los recursos se encontraban comprometidos, y la ayuda internacional se debatía en atender situaciones similares en sus propias naciones. Era un incendio global, pero nadie se atrevía a declararlo.

Zonas de guerra, toque de queda y estado de sitio se establecieron en la mayor parte de un territorio arrasado por la indolencia, el fuego completó el trabajo que los ciudadanos iniciaron por la omisión de sus tareas. El modelo político de abandono, engaño y degradación del poder solo trajo como consecuencia la perdida moral y física de la república.

Bajo el humo que ocultaba al sol, el panadero llamó a la decencia, al trabajo y a la convivencia;  elementos que habían sido desechados por el llamado irresponsable de los populistas que ahora intentaban explotar políticamente la miseria, si a eso se puede denominar  política.

Su grito desesperado no levantó de inmediato a las fuerzas vivas, la reserva moral o a la juventud que se salvó de las ejecuciones sumarias, todos tratando de sobrevivir por su cuenta. Hasta que una tarde mientras el humo quemaba las gargantas de todos, la abuela más querida por todos pidió que la llevaran a la plaza central e invitó a sus vecinos para una reunión a las 5 de la tarde.

Entre nubes vespertinas se encontraron los ancianos del lugar, se vieron como lo han hecho toda la vida, respetuosamente, y de manera puntual la Abuela se paró de su silla. Con su voz senil pero decidida le  pidió al pueblo que era hora del rescate de los valores sobre los que se erigió esta sociedad más grande que sus políticos. Habló de la convivencia, la colaboración, el ser buen vecino y dejar de lado el oportunismo y el egoísmo. Lo hizo de tal forma que gradualmente se formó una masa a su alrededor, animada a escuchar con interés las palabras sabias de edad y vida que salían de ese cuerpo frágil.

Concluyó diciendo – No podemos dejar que nos quiten lo nuestro – refiriéndose a la familia mientras colocaba tiernamente la palma de la mano en el pecho a la altura del corazón. Y el clamor espontaneo despejó las nubes que ocultaban el cielo, tan azul como siempre lo habían recordado los miembros de la tercera edad, convertidos en la reserva moral de esta comunidad  que había despertado hacia sus valores propios al cabo de una prolongada sequía moral.

Solo así se apagaría esa gran llama que hoy luce inextinguible.

Gustavo Pisani, Richmond, Julio 27, 2015

Written by gpisanic

27/07/2015 at 12:01 AM

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