Un gato en el año del tigre

Mi gato maúlla por siempre.

Archive for the ‘Gustavo Pisani’ Category

La Escuela Gladio –Inscripciones abiertas.

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Los nuevos aspirantes

El periodo admisión de la célebre Escuela Gladio, cuna de las figuras más aclamadas del circuito de Gladiadores de toda la cuenca Mediterránea, se ha abierto para el próximo año escolar.

La fila para la presentación de recaudos da la vuelta al Coliseo, plaza favorita para los aspirantes de la gloria en esta actividad tan exigente. Los representantes, con sus representados, se movían nerviosos bajo la mirada severa de los centuriones. Desde el interior la plaza, el olor de circo llenaba el ambiente de verano en esta Roma eterna.

Iuno está concentrado en la pelea de sombra, con su gladio de madera empuñado firmemente. Sus movimientos son prometedores, las armas imaginarias que porta en su mente, las maneja con gran efectividad  y – a la luz de sus arengas- parece que va ganando el encuentro.

-Iuno, te va a dar una insolación, ven a la sombra – le dijo su madre, con el atado de recaudos bajo su brazo, mientras cruza una mirada solidaria con la ciudadana que le sigue en esta procesión detenida, tornando los ojos con resignación.

-Ya espantó al perro de la familia, el otro día que lo atrapó con la malla de metal, no le dejaba vida al pobre – comentó la madre del aspirante – Y el suyo viene por el cupo de gladiador o de las cuadrigas? – preguntó de lo más natural.

-Galeno – respondió mirando a su hijo, con una toga muy blanca con cintas púrpura, y un decálogo en sus manos – a él le encanta la medicina, ya se ha leído todos los tratados – orgullosa aseguró.

Mientras Iuno seguía su combate imaginario, ahora contra unos mellizos venidos de Siam.

—-Continuará

Gustavo Pisani

Richmond, Julio 3, 2020

Cuentos de cada semana – CCS Semana 3 – Una trattoria utópica

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Dos instituciones instauradas en el corazón de Caracas dejaron su marca para siempre desde esos años efervescentes que transcurrieron a los pies del Ávila, durante las décadas del 60 a la del 80.

Por un lado la única trattoria fuera de Chacao, el estamento italiano por excelencia, conocida como El Sorrento, y apenas separadas por algunas cuadras, la nación independiente de mayor trascendencia cultural que jamás se haya conformado en este planeta – la República del Este.

Sin necesidad de revolver la historia, cada una de estas referencias se encuentran marcadas a fuego en esa memoria colectiva tan fugaz que nos caracteriza.

Los sabores de la trattoria se convirtieron en una referencia única en nuestro acervo gastronómico, abierto al mundo tal como lo hicieron nuestros puertos desde tiempos de la Capitanía General.
Por su parte las sesiones tumultuarias del poder constituido por los representantes de la casta intelectual del momento, son a la fecha un reflejo de nuestra dinámica que esta República desnudó en su momento. La fragilidad de sus instituciones, los cambios de rumbo y la auto proclamación continuada como difuntos de taberna, eran la constante que desde el Capitán Emparan han caracterizado nuestro quehacer social.

Ciertas características no cambian, pero la carta infinita del Restaurante recordaba una de las entradas al cielo de Dante, de manera similar que las discusiones y encuentros de los intelectuales de la República era el summum de la política, que jamás fue tomada en cuenta por el establecimiento a cargo del gobierno nacional.

Medio siglo más tarde persiste el sabor de boca de una pasta épica y el de un modelo social utópico que no acabamos de alcanzar por esfuerzo propio.

Me resisto a perderlos.

Gustavo Pisani

Richmond, Enero 20, 2019

Cuentos de Cada Semana – CCS Semana 2 Cosas de Internet

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No me había acostumbrado al resplandor inclemente del Milagro en esa Maracaibo de principios de los 80, cuando los escombros del Saladillo se mostraban sin orgullo, como otra herida más de las tantas infringidas desde la Capital, de tantas gaitas ganadas a punta de desaires y abusos. Las Torres del Centro Petrolero nos alojaban como una camada de muchachos hambrientos tras la belleza juliana en todo sentido, y todo era nuevo para este recién llegado.  

Apenas establecido en medio de la anarquía característica del lugar, ya frecuentaba espacios recónditos y en muchos casos, inéditos para algunos naturales de esta Capital tan querida y maltratada. A la hora del almuerzo, bajaba como otro hijo de esta grey devota, al caos maravilloso de las Playitas – equivalente a la lonja de cualquier ciudad costera – para iniciar mi exploración etno gastronómica con capítulos dedicados a los productos favoritos de los marabinos. Una tarea a la que me dediqué de corazón y estómago por varios años que hoy extraño.

Sean tequeños, pastelitos, tostadas peladas, lisa rellena o chirrinche, me dediqué a conocer la gama de productos que hacen a sus habitantes tan felices, incluso bajo un sol que derrite a cualquier visitante desprevenido. Y para la cena, las opciones eran de primera desde lugares de lujo como el Hotel del Lago, hasta la Casita al pie del Puente, donde se comía igualito que en Beirut.

Un día visité el famoso mercado de las Chinas, donde la artesanía de las Indias Guajiras brillaba reverberante con colores intensos en tapices de colección. Caminar los pasillos del mercado era una experiencia capaz de impresionar a cualquier visitante.

Mi interés en ese momento era comprar tapices para colocarlos por Internet – incipiente para la época – en mercados virtuales mucho antes de Amazon. Me acerqué a la Guajira echada en un chinchorro de un puesto repleto de mercancía, y luego de saludarle en su cómoda posición, me dediqué a hablarle acerca de mi propósito.

Al cabo de algunos minutos de una elocuente descripción del lugar virtual con las garantías debidas sobre fundamentos de comercio sustentable, ella me miró con sus ojos achinados profundamente negros y desde esa profundidad, me dijo sin inmutarse – 

Qué cosa tan parecida a Internet.

Gustavo Pisani

Richmond, Enero 13, 2019

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