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10 noches de terror – El espejo suspendido

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Camino de engaños

                     Camino de engaños

Nemo sicut me decipi

El tiempo ya no importaba, el espacio desaparecía a su alrededor y no sentía nada en ese estupor al que se estaba acostumbrando de algunos pisos para acá. Si esto era trascender, había trascendido y se encontraba en un estado desconocido para ella, donde no existía nada en ese universo sin luz que la había digerido al abordar el carro número 3 de última generación. No lograba recordar las palabras de su psiquiatra para evitar ataques de pánico inminentes, y pensar lo que le habían costado esas largas sesiones. Su mente estaba en blanco y ni siquiera se encontraba meditando. Era esto lo que llamaban iluminarse?

Sin embargo al detenerse el ascensor, el brusco movimiento le hizo reincorporarse de un indeseado viaje al pasado, saliendo a tientas de un túnel tan oscuro como profundo, del cual no lograría escapar sin marcas – algunas quizás indelebles. El sonido del mecanismo de las puertas la trajo al presente. Levantó la mano tratando de cubrirse del resplandor inesperado, volteando el rostro para evitarlo, mientras se esforzaba en abrir los ojos ahora con párpados más pesados que el plomo.

Notó ese olor inolvidable a colonia barata con la cual se bañaba su mentor, y comprendió la razón de sus arcadas. Lentamente se disipó la atmósfera pero para su desgracia continuada no resultó lo que ella esperaba.

Entre el desvarío y la luz que inundó la cabina hasta cegarla por momentos no logró reconocer a Gabriel, quien le sirvió de apoyo desde el primer momento y sería su eterno admirador secreto. María ni siquiera notó su talante desencajado sin ese habitual gesto risueño que hacía suspirar a las chicas a su alrededor. Era un día para olvidar.

Entró sin levantar la vista del suelo, confirmó el botón encendido y cerró sus brazos sobre sí mismo como para tratar de defenderse de un cierto futuro pavoroso, mientras quedaba frente a la puerta listo para salir corriendo así se abriera al vacío. Ella se encontraba justo detrás, paralizada entre los recuerdos y su mítica capacidad de dar con la palabra requerida cuando ya no era necesaria. Se mordió los labios hasta sangrar, se enterró las uñas para gritar y se quedó sin aliento en un gesto que simulaba una muerte lenta que salía de paseo con su cadáver favorito. Ni Poe hubiera imaginado una escena más tétrica.

En el elevador los pisos tardaban vidas completas para cambiar, los números goteaban de sus indicadores durante ese viaje infinito que no ofrecía un destino feliz o una ruta alterna. María levantó la vista y su reflejo en el techo brillante le mostró entre la ruina y infelicidad, cayendo al vacío organizacional de un caos eterno del cual ninguna agencia de empleo lograría rescatarla. Lágrimas negras caían profusamente a través de sus sienes, dibujando un tejido que la vestía como una mortaja capaz de atrapar la esperanza hasta ahogarla si fuera necesario. Su cara convertida en una máscara mortuoria, sin palabras y greñas alborotadas le espantaron al punto de retirar la vista de ese espejo indeseable, testigo de los peores engaños pactados bajo su reflejo.

Suspiró tan profundo hasta que le dolió el costillar, expelió ese aire rancio que la enfermaba y se recompuso lentamente mientras seguía descendiendo en medio de esa pesadilla tan real como dolorosa, y se prometió firmemente que todo era producto de su imaginación. Lentamente volvió a una realidad de las tantas que le esperaban en ese día lleno de sorpresas.

Abrió los ojos pero se encontró a sí misma en su primer día de trabajo. Era un Martes 13, veinte años atrás.

Y estaba a punto de conocer a su mentor recién asignado, cuando recordó las 10 noches de terror que le esperaban.

Gustavo Pisani, Richmond 24 Octubre, 2015

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Written by gpisanic

24/10/2015 a 12:01 AM

5 comentarios

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  1. Calle Dolorosa, Bexar… ¿Estás en San Antonio? Me gustó mucho el relato.

    Me gusta

    melbag123

    24/10/2015 at 1:10 PM


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