Un gato en el año del tigre

Mi gato maúlla por siempre.

Mi padre era un eunuco – El encuentro

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No quedaba una flor en esos campos

Finalmente la visité una tarde de Febrero en el pueblo minero de El Callao. La brisa refrescó el valle con olor de oro. No hubo necesidad de presentaciones, extendió sus manos de arrugas con la sonrisa llena de amor pero sin dientes y dio la bienvenida como si me esperara siempre. – El hijo del Doctor, pasa y siéntate mijito –dijo sin mirarme porque ya hace tiempo que no veía.

Lo humilde del aposento me hizo sentir cómodo, con muebles casi tan centenarios como la señora de la casa donde representaciones clásicas colgaban de paredes que parecían apoyarse en los cuadros y las cortinas lloraban sus reflejos hacia el suelo pulido.

Mandó a traer café recién colado, como le gustaba a mi progenitor. Se alisó la blanca cabellera y se acomodó la falda larga en un gesto de coquetería, típica de las mujeres de ese lugar tan apartado de la modernidad pero tan acogedor. Sin darme tiempo a agradecerle su atención, inició la descripción de su vida al lado de un hombre que le brindó cariño, respeto y apoyo. Se trataba de mi padre. Yo sorbía lentamente sus palabras tras la pequeña taza humeante.

Con voz animada y a tiempos quebrándose, para permitirle arrullar sus recuerdos, recorrió capítulos desconocidos por mi lejanía, anécdotas clásicas del repertorio familiar, detalles únicos e inesperados. Todo ayudaba a pintar una figura de la que sabía cada vez menos, en la medida que ella desgranaba una hilera de adornos sin final.

Se acordaba de mi madre, en medio de la selva, sola al venir de las montañas andinas, para luego partir con dos muchachos a cuestas. Le mostró simpatía en la circunstancia de su unión infructuosa.

Habló de esa nueva familia que me acompañó toda la vida, al otro lado del espejo, de la cual nunca yo formé parte totalmente. Llamadas en fechas especiales, viajes ocasionales. Un medio de validar la condición del hogar, muy útil por brindarme el contraste cuando me correspondió levantar tienda aparte.

Me dejé llevar por cuentos peregrinos de épocas tan lejanas que no aparecen en mi memoria, quizás por efectos de la indiferencia, o por voluntades expresas de los sentimientos.

Vida en el campo, animales de corral y aventuras de llano, brotan nuevamente con sus olores y sabores. Leche recién ordeñada, miel cargada de panales. Necesitaba volver a esa etapa para lograr mi regresión completa. Entonces aparecen en su relato los personajes y las circunstancias. Imperfecciones de la humanidad que resultan inevitables. Una mentira aquí, una emboscada allá. Todo por la supremacía, como si no hubiera otro propósito en la vida. Una tragedia son dos mundos que chocan, qué verdad tan clásica.

Al final, llegamos a un silencio obligado. Me miraba fijamente, como si sus ojos blancos le mostraran la imagen que ella quería guardar en su memoria amplia. Estaba agotada luego de brindarme sus recuerdos, compartiendo emociones tan profundas. No dejó siquiera preguntarle por aquello que me movía a visitarla, antes de su inminente partida. Ladeó la cabeza, pequeña y redonda. Entonces habló sin darme la cara, le tocaba descifrar el capítulo que amargó la existencia de todo un pueblo y de algunas de sus familias por generaciones enteras.

– El no era eunuco, no señor- dijo sin preámbulos con voz dominante. Cambió el gesto a cierta severidad, los recuerdos claramente le atormentaban cincuenta años más tarde. Me sentí apenado por ser mensajero de la tribulación, pero la mía era mucho mayor y ella lo sabía.

sigue…..la guasa…/..

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Written by gpisanic

11/02/2011 a 1:01 AM

Publicado en Pueblos y gente

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