Un gato en el año del tigre

Mi gato maúlla por siempre.

Reloj – fin

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Un día, luego de concluir su jornada matinal y en espera del expreso de las dos y once minutos de la tarde, organizaba su correspondencia cuando leyó un comunicado recién enviado desde la Estación Central.

En dicha comunicación se le informaba que la próxima semana se iniciaría un proceso de modernización de las instalaciones de la estación, el cual se iniciaba por la remodelación del “Sistema de Control”.

Bonito nombre para los relojes, como siempre dijo Juan, cuando supo de qué se trataba dicho “sistema”; los relojes modernos y su sincronización automatizada.

Temía la llegada de este momento en su vida y a pesar de haberse preparado conscientemente para ello, se derrumbó en su silla con una expresión perdida en el rostro.

Sabía perfectamente de qué se trataba, la sustitución de los venerables relojes de la estación por unos equipos que no merecían llevar ese digno nombre.

Los sentía sin alma, ni siquiera mecanismos virtuosos y precisos capaces de llevar el ritmo de la vida a los ojos de quienes la viven. No tenían agujas, sólo números rojos que brillan en una pantalla negra, impersonal, nada de diales, números romanos o agujas precisas. ¿Qué se hizo el minutero, mi aguja preferida por su paciencia?. ¿Dónde colocaron todos los engranajes y los volantes?, ¿Qué pasó con la cuerda?.

Tantas preguntas sin tiempo o interés de ser respondidas por parte de los eficientes empleados encargados de la transformación.

Llegaron un día muy temprano en el tren de las seis y tres minutos de la mañana, se presentaron de manera indiferente ante el Jefe de la Estación y sin esperar respuesta iniciaron su trabajo de inmediato.

Juan sintió morir un poco al ver cómo retiraban esos vetustos equipos del tiempo, que durante toda su vida habían sido parte de él, de su padre y de todos los recuerdos que hoy apuraba, atribulado en su oficina antes de la llegada del expreso de la mañana. No había consideraciones, tributos o ritos capaces de retribuir todo lo que esos relojes habían hecho por el pueblo y sus habitantes, desde el siglo pasado. De la misma forma rauda que llegaron se fueron, ni siquiera esperaron la aprobación del encargado y ahí se encontró él, luego de despachar el tren de carga de las seis y treinta y uno de la tarde, que pudo entender la magnitud de esta tragedia.

Unos grandes círculos vacíos de pintura era todo lo que quedaba de los relojes antiguos, mientras en su lugar surgían unas cajas metálicas rectangulares que mostraban en cifras rojas las horas, sin agujas o sonidos, ni pasión o cuerda.

Pasó por el depósito y encontró el resultado de un acto blasfemo, los relojes inertes, sin vida, abiertos grotescamente sin más uso que no fuera la memoria de aquellos quienes respetan sus orígenes. No había ceremonia capaz de brindar debido respeto a estas máquinas fieles que para él mantenían viva la figura de su padre, montado sobre la enorme escalera, con un gesto concentrado y su maraña blanca dentro de la caja de mecanismos con sus herramientas, donde se mantenía vivo para él todos los días de la vida desde que entró a trabajar aceitando agujas, cincuenta años atrás.

Juan tomó su gastado reloj de bolsillo, confirmó su sincronización con un gesto resignado de asentimiento de su cabeza blanca y salió de la estación, su querida estación, para no volver más nunca a ese mundo que ya no reconocía ni quería reconocer.

Su tiempo había pasado para siempre.

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Written by gpisanic

13/12/2010 a 1:01 PM

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