Un gato en el año del tigre

Mi gato maúlla por siempre.

Reloj – AM

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El tiempo marcó la existencia de Juan desde el primer instante, cuando llegó puntual a la cita con la vida para sorpresa de su madre y la comadrona a comienzos del siglo pasado. A partir de ese momento y para siempre nunca llegó tarde a sus encuentros y compromisos, especialmente a partir del día cuando se alistó en los Ferrocarriles, atraído por el estricto apego al horario que los gigantescos relojes de la estación mostraban de manera inefable cada vez que llegaba el tren a la hora y al minuto indicado.

Era fascinante para él comprobar cómo podía ser tan puntual una máquina tan grande y con tantos pasajeros a bordo, porque desde muy niño entendió la importancia de llegar a la hora indicada. Su padre era relojero y el taller era el cuarto junto al suyo, de modo que toda la noche lo arrullaba el murmullo del tiempo y el tic-tac de los segundos. Ese sonido le recordaba al corazón de su madre, cuando lo escuchaba latiendo muy cerca al acurrucarse en su seno, el lugar más agradable del mundo donde se dormía de inmediato con una sonrisa en sus labios entregado al amor.

Su niñez había sido diferente a la de los otros infantes del pueblo, porque siempre estaba preparado al momento de sus quehaceres, cuando sonaba el timbre de la escuela y al momento de las campanadas de la iglesia que indicaban especialmente las horas de la comida. A diferencia de sus condiscípulos, tareas y asignaciones eran cumplidas por él en los términos indicados.

Creció con una marca de puntualidad en sus actos más cotidianos, desde levantarse a la misma hora todos los días por cuenta propia, hasta acostarse siempre en un rito que era marcado por las campanadas de las nueve durante las cuales se cambiaba la ropa, desvestía la cama, se zambullía en ella arropándose de manera simultánea y para cuando sonaba la novena y última campanada, había concluido sus oraciones diarias con un gran gesto de satisfacción en la cara que nadie lograba entender en su familia. Parecía un angelito ¡.

Su adolescencia se dividió en dos gracias al regalo más preciado que pudo jamás recibir en vida, se trataba del reloj de bolsillo que su padre le regaló en un acto de gran formalidad.

Se lo entregó en el taller, rodeado del tiempo en todas sus expresiones, de cajas, diales y agujas, en aquel lugar fascinante del cual salían las horas al mundo exterior que apenas se imaginaba la magia encerrada en estas pequeñas máquinas, capaces de guiar la vida de sus dueños con un poder que persona alguna lograba imaginar. Recordaba a su padre en dicha ocasión particular porque en ese instante, iluminada su cara surcada de arrugas por el resplandor de la luz brillante contra la mesa de trabajo, con espejuelos de media luna y un mar de canas deshilachadas alrededor de la cabeza, sonaron todos los relojes al unísono. La vaga penumbra reinante en el recinto aumentaba el efecto dramático, cuando salían los sonidos diversos de todos los dispositivos encontrados en los lugares más inesperados del local, en forma de campanadas o timbres así como de las ocurrentes composiciones de pájaros cantando en un gracioso vaivén, bailarinas danzando al compás del tiempo, herreros golpeando su yunque a cada instante y hasta un director de coros guiando a las voces que cantan el paso de los segundos.

Al cabo de ese instante fundamental en la vida de un relojero, durante el cual el silencio rinde tributo a la sincronización de los mecanismos infinitos, abrió sus ojos de por sí pequeños llenos de emoción bajo pobladas cejas que amenazaban unirse con las pestañas mientras se disipaban los ecos remanentes, se inclinó hacia su hijo y justo al cabo del último sonido le dijo sencillamente  – Ten.

Juan sostuvo en sus pequeñas manos la obra relojera que regiría su vida a partir de ahora, en su caja brillante y dorada, con sus agujas precisas de color negro señalando para siempre el paso alrededor de ese dial con números romanos, sus favoritos ¡.

Elevó su mirada trémula pero su padre se encontraba ya concentrado en medio de ese silencio único, rodeado de un halo que contrastaba con la oscuridad del resto del lugar, respirando de manera pausada. Sobre la mesa un equipo abierto a las herramientas que intervienen su destino. Mecanismos microscópicos, lentes de aumento, ruedas, ejes y engranajes se encuentran colocados en un orden celestial por el dueño del tiempo, donde parece imposible ver o hacer algo con mayor pericia.

Al principio Juan veía su nuevo reloj cada minuto durante todo el día, sólo para estar seguro que marchaba según lo esperado, además siempre que se encontraba frente a otro reloj, sea de pared o el de la iglesia, sacaba su más apreciado artículo y confirmaba con un gesto convincente de cabeza la perfecta sincronización.

Para Juan, el tiempo era una diversión.

sigue…/..

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Written by gpisanic

10/12/2010 a 1:01 PM

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