Un gato en el año del tigre

Mi gato maúlla por siempre.

Monos y Bananas

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Llegamos muy temprano al pueblo de Vinita ese sábado de finales de Febrero para otra expedición hacia los sabores perdidos mas allá de los Apalaches, en pleno corazón de la zona de los grandes lagos de Oklahoma, nacidos cuando esto era la costa de un mar antiguo mucho antes del Cretáceo.

Los pliegos quedaron y en ellos el agua retenida, que se mezcla con el paisaje, bien sea en forma de aliviaderos, de zonas inundadas o simplemente de lodazales sin fin a la vista como terrenos de nadie y de todos en medio de una soledad poco común en esta zona de los territorios indios, como les dio por llamar a esta esquina perdida de la Unión Americana. Recorrimos las cuadras con su decoración industrial característica previa a la gran depresión, del centro oeste del país, con una población precaria que no lucía animada entre la bruma, sólo para descubrir que el restaurante más antiguo, en manos de la misma familia de la afamada Ruta 66, se encontraba cerrado para ese momento.

Seguimos nuestro camino hacia el Este, donde muy pronto llegamos a Bernice, en las orillas del Gran Lago de los Cherokees, zona recreacional con grandes extensiones de agua de forma irregular. Para cuando cruzamos el puente hacia la Isla de los Monos, supimos que no tendríamos cómo regresar sin haber cambiado nuestra percepción de esta esquina de la sociedad más igualitaria que el dinero puede comprar en el mundo.

Todo un lago en espera de los propietarios de las naves que descansan en sus marinas, mientras los visitantes no pueden tocar el agua, cercada como propiedad privada. Sin embargo seguimos animados hacia el centro de la isla, para comer algo y algo comimos. Luego de los saludos de rigor, y ante la poca oferta y menos clientela en esta época apenas animada del paisaje marino, mi hija Laura seleccionó un prometedor Sándwich de Pavo asado con Queso Suizo, rodeado por todos sus lados de un lago de papas fritas en hojuelas finas y bronceadas, con algunas islas de cebolla y ruedas de jalapeños que algo alumbraron esa día sombrío y desabrido, hasta el momento. Para acompañar esa manifestación sincrética de Europa, Perú y México, me decidí por un Salmón Ahumado con Queso Crema, Alcaparras y Cebolla en un Pan de Trigo Integral, con requesón de acompañante. De más está decir que abrimos el acto alimenticio con un servicio de camarones fritos estilo mariposa, vestidos con coco rayado y mermelada de piña para acentuar los sabores tropicales a esta latitud tan ingrata.

A modo de balance, debo confesar que la entrada de camarones resultó una agradable sorpresa y también debo recordarme que jamás debo pedir Salmón lejos del mar y menos en medio de un lago, porque no hay garantías de su precaria integridad. El desayuno en su buffet todavía se presentaba para aquellos comensales que invierten su salud en porciones aberrantes, mientras sacan la cuenta de cuanto se ahorraron en céntimos de cada plato que devoran desafiantes de la naturaleza. Para nosotros, era apenas otro almuerzo donde descubríamos alguna curiosidad digna de mención, mientras el invierno sigue su curso hasta el próximo ciclo capaz de congelar a su paso los pensamientos de los más distraídos. Luego de completar nuestra curiosa ración de sorpresas, nos decidimos al regreso por una vía que rodeaba al Lago, pasando por una población llamada Jay luego de una sucesión interminables de pueblos idénticos, con gente muy parecida y paisajes que parecen el mismo en la medida que avanzas decidido al Sur.

Un buen trecho después, habiendo disfrutado del borde de la plataforma del Ozark, único accidente geológico que anima el horizonte, llegamos finalmente a la Autopista que nos llevaría a Tulsa en dirección al Este. Vimos Halcones y Zamuros en espera de su alimento, mientras nos desplazábamos a gran velocidad controlada, luego de pagar la tarifa que corresponde a esta ruta.

El paisaje va cambiando en la medida que las millas avanzan, de una irregularidad apreciable, capaz de formar lagos y cuencas, a una monótona planicie, donde rumian cuadrúpedos de muchas clases. Pasamos por un pueblo donde conviven familias Amish, aquellos descendientes de los europeos que eligieron ir más allá de la reforma de la Iglesia, incluso del mismo Lutero.

En Choteau, se ha establecido con mucho éxito un restaurante llamado “The Dutch Pastry”, donde se consiguen pasteles y otras delicias muy europeas que llegaron de la mano de la fe, para asentarse en el corazón y el estómago del creyente, practicante y apóstata por igual, gracias a las virtudes del trabajo simple y puro, sin aditivos ni atajos, sólo para brindar las delicias del campo de la mejor manera posible a quienes seguimos creyendo fervientemente en ello.

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Written by gpisanic

11/11/2010 a 1:01 PM

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