Un gato en el año del tigre

Mi gato maúlla por siempre.

El encuentro

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Surgió de la nada y batiendo tras de sí la puerta de la cocina, avanzó en medio del fragor de las frituras y el humo de las ollas, imponente y majestuosa. La turbulencia que creó en ese denso y reducido espacio, apartó por unos segundos el aire manchado que nos rodeaba a todos como fantasmas cuando su imagen reverberó en ese marco blanquecino y mortuorio al igual que una aparición. Dejó una estela que la seguía a la par de todas las miradas hipnotizadas de los presentes y su magnético efecto arrastraba consigo la atención, a pesar del fuego y vapor que cocinaba las esperanzas de los hombres al igual que lo hacía con los alimentos. Era como si flotara en esa atmósfera saturada de olores y emociones, donde los ingredientes se enriquecían de la adrenalina del ambiente ecléctico y frenético de este anónimo restaurante de un hotel de media estrella, donde la comida no era ni rápida ni lenta, ni siquiera comestible.

Cada vez que la mesonera aparecía por esa puerta, el mundo completo se detenía mientras hacía su pedido, para retornar lenta pero desgraciadamente, a su ritmo anterior al cabo de estas fugaces visitas. Su intermitente presencia era como espasmos de vida en esta muerte sostenida que nos mantenía a todos en la agonía de otra inesperada, pero fructífera entrada, desde el paraíso de donde seguramente había bajado este ángel que iluminaba la penumbra colectiva que nos teñía, en esta esquina olvidada por la vida.

La refinación de esta sutil pero efectiva tortura, se completaba con la muda complicidad remanente en su ausencia la cual era aderezada con su indiscutible e inconfundible perfume, cuya exquisita fragancia nos transportaba lejos de los guisos y las sopas, hacia verdes campos en flor en medio de montañas idílicas que contenían apenas nuestra propia desazón. La memoria colectiva sufría por raciones continuas de este aliciente aromático que nos mantenía con un hálito de vida, mientras ansiábamos la próxima dosis con infantil esperanza inocua.

La magia de su traza, paralizaba nuestro esfuerzo inútil de supervivencia cotidiana. En la medida que ella se acercaba, el sonido grotesco de fondo iba disminuyendo al paso de sus medios tacones, los cuales marcaban la marcha acelerada con la cual mi corazón agonizaba por escapar de su estrecho recinto. El espacio invisible entre ambos se diluía con el éxtasis del momento, mientras el cigarro que adornaba su rostro dibujaba una graciosa voluta en el aire y alumbraba ante todos mi sonrojado rostro sorprendido por tan inesperada como efímera presencia.

A partir de ese momento ya no sentía mis brazos y las piernas apenas se sostenían a sí mismas, mientras un juego de rodillas vibrantes me obligaba a reincorporarme en contra de la gravedad del momento. El tiempo desapareció al instante y toda la historia de mi vida se mostró ante unos ojos congelados donde las lágrimas no tenían cabida, ni los párpados derecho de paso. Mi memoria cedió su espacio a la sensación fatigante de la sorpresa, mientras ninguna de todas las palabras que había pronunciado desde aquella lejana pero querida mamá, acudía en mi ayuda. Estaba sencillamente tan perdido como un Chef en una venta callejera de perros calientes.

La cámara lenta que grabó a fuego en mi alma impenitente los interminables segundos siguientes, me permite hoy día recorrer una y otra vez los detalles de este evento, en la escasa porción de cerebro que permanece aún sana en mi cabeza.

Ella erguida y reluciente ante mí, con displicencia rebosante, sin verme un segundo a los ojos mueve imperceptiblemente su grácil cabeza hacia la carta del menú que pendía en un grasoso pedazo de papel frente a la campaña que extraía igualmente toda mi energía. Retira el cigarro con sus lánguidos dedos y en un gesto automático pero hermoso deja caer la ceniza sobre un Lomito Chateaubriand con Puré de Castañas adornado con Cerezas, ordenado y listo para salir a ser digerido.

Mi respiración pesada y torpe cesa totalmente y mientras espero paralizado que algo de ese ser se dirija a mí, toda actividad, todo sonido y toda cocción se detienen hasta el momento en el cual, con toda la posible parsimonia digna de registrarse, abrió su prominente boca sólo para decir:

¡Una sopa del día para la mesa ocho!.

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Written by gpisanic

04/11/2010 a 1:01 PM

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