Un gato en el año del tigre

Mi gato maúlla por siempre.

Botero en carnes

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Durante toda una semana disfruté del sushi y hablé largamente con el chef de turno, lo cual es altamente recomendable si se quiere conocer acerca de la vida marina, el valor de los peces, las costumbres de pesca en aldeas remotas de esas islas sometidas al vaivén de las corrientes, con uno que otro tsunami que barre con la ropa tendida y el resto de sus precarias viviendas. Inútil destacar la importancia de dicha información en las sugerencias del día, clave cuando se trata de pescado, como una macarela especialmente capturada para la ocasión y cuya piel metálica me deslumbró tanto como su sabor.

De modo que salvada la dieta, me dirigí en plena Avenida Westheimer de la Ciudad de Houston, hacia un centro de gula denominado Churrascos, donde me adherí a la propuesta liderada para ese entonces por el Chef Bocuse, en la cual emplazan nada menos que al Papa Juan Pablo II, a eliminar este pecadillo de la lista con la cual nos revisan a la hora de la verdad.

Mientras al descendiente de Pedro le toca discernir con su jefe directo, me abro paso a una construcción que emula las grandes Casas de Hacienda, típicas del poderío sureño cuando no existía el colesterol ni Europa se había recuperado de la bota que la asoló durante esa guerra continental. Un marco enorme de madera oscura, da la bienvenida con tallas que invitan al comensal a olvidarse de la disputa del hijo de Vatel con el de Pedro y continuar su ruta pecaminosa, hasta que se indique lo contrario.

El ambiente central, como en las Haciendas, presenta un techo de dos aguas con una elevación cercana a los tres pisos desde donde me encuentro sentado por la gracia de Norma, quien atenderá mi tránsito por esta casa de carnes y gustos. La estructura elevada es de vigas de madera pero no traduce ni mucho menos explota la magnificencia que caracteriza a nuestros Argentinos, donde quiera que ellos se encuentren.

En su defecto, es la obra de un Colombiano de esos que van volando por el mundo, el que acusa con su efecto plástico, a toda una sociedad cuyo peso ya se considera un problema de salud pública.

Se trata de La Corrida, uno de esos cuadros ejecutados con su pesada maestría, en virtud de los kilogramos de más que graciosamente coloca este pintor en sus elementos pictóricos, del cual dudo que alguien discrepe en llamarlo de brocha gorda. La obra se encuentra suspendida trabajosamente, a gran altura sobre la puerta que da hacia los salones del fondo.

En ella se representa la esquina de una plaza de toros, donde aparece un burladero tras el cual un asistente sólo se distingue por sus inflados carrillos, mientras la escena central es presenciada por un público, cuyos sobrepesos apenas se comparan con algunas de las personas que se encuentran, inocentes como yo, en esta pecaminosa escena de glotonería en su versión capital. Frente a frente, picador y lidia, se encuentran esperando el envío hacia el dolor, previo a las suertes del banderillero y sus colegas de la muerte en esta plaza donde todo está obeso, como la dama que canta cuando llega la hora.

Los mofletes del picador, castigan a un pobre equino que además  se encuentra con los ojos tapados por una cinta roja, para no ver la sangre que la insignia arranca del formidable toro de muchos kilos, el cual espera con las fauces abiertas en busca de algo de la vida que se le escapa.

Tengo la sensación que hasta la arena está hecha de gordos granos en esta representación de tamaño formidable, cuyos personajes nos observan impávidos desde esa ubicación formidable, a esta masa humana que devora sus platos en el salón principal con total indiferencia, hacia el resto del famélico mundo que los rodea.

Por mi parte me conformo con una versión del Ceviche Peruano, colocado de manera peculiar en una canoa de Piña, sobre un lecho de hielo molido. Ninguno de sus atributos, logró sustituir ni por un segundo el carisma del plato original. De modo que continué con un Lomo de Puerco Marino, una pieza asada la cual se adorna con mucha vanidad y con unos trozos del mismo pescado del Ceviche, para mi mayor sorpresa. El plato se completa con una salsa envidiosa de mantequilla y un contorno de vegetales, de los cuales destaca un plátano maduro, que salva a sus vecinos de alcurnia de una mayor decepción.

Es justicia, sin embargo, luego de tantas tribulaciones destacar el papel de un Cousiños Antiguas Bodegas, Valle del Maipú, venido de Chile y que me esperaba desde el año 1998. Salvó mi tarde de gruesas decisiones, como las de Botero.

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Written by gpisanic

22/10/2010 a 1:01 AM

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