Un gato en el año del tigre

Mi gato maúlla por siempre.

Sonrisa indeleble

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Cuando trataron de quitarle las cosas que le pertenecían por derecho, los esbirros no supieron por donde empezar. Tratándose de órdenes no era necesario preocuparse por la forma, ni siquiera por los daños causados. Se trataba de otra operación de intimidación y despojo a los usuales sospechosos de haber expresado creencias, de sus bienes e ideas, incluyendo el pensamiento libre que nunca se queda en el mismo sitio. Pero eso no lo entendían, quienes seguían esas órdenes sin cara pero con mucho grito, cuya histeria no lograba esconder el pánico de aquel quien se siente descubierto en toda su miseria y que nunca más podrá seguir engañando a los inocentes a su alrededor convencidos de tratar a una persona, hasta ese instante. Pero era el momento de la verdad y de la mentira.

Los lugares recónditos brindaron sorpresas aún ahora en el largo tránsito hacia la razón, tantos años después. Los peores salieron traicioneros, con sus armas escondidas de por vida bajo su ignorancia pero pulidas por sus odios. Las esgrimieron con rabia, contra el aire y las ideas, convencidos en su venganza que podían doblegarlas con el acero que les brinda esa seguridad que jamás podrán disfrutar de otra manera. Algunos cayeron, otros muchos huyeron, pero los que interesan son los que no se engañaron ni de un lado ni del otro. Estos sí son valientes.

Y caminan por allí, como si no fuera con ellos, incapaces de ser insultados por quienes sólo expresan resentimiento infinito a su alrededor, muestra de existencias incapaces de ser llamadas así debido a la miseria que no llega a ser humana por falta de razones. Jamás tan pocos odiaron tanto a tantos. Su grandeza reside en seguir adelante, como Goethe, por sobre las tumbas de las ideas, de los líderes circunstanciales que los entregaron sin excusa, de las celebridades en busca de su próxima hazaña y de los políticos en estudios de grabación, con más maquillaje en las neuronas que un mimo en la cara. De ellas recuerdo a una capaz de someter a todo un estamento dotado de las peores armas y de los más bajos instintos, violentos como sólo las bestias pueden serlo y cobardes como el que se cobija de un uniforme sólo para emboscar civiles y reírse de ello.

Trataron contra ella los métodos de la aberración, pero su pureza era a prueba de manchas. Le retiraron por la fuerza lo que el derecho le otorgaba, le llenaron el camino de mentiras, le negaron el futuro sin lograrlo y le redujeron los ingresos, en medio de una violencia que hacía temblar de miedo a quienes se presentaban ante esa apóstata, armada de una infalible sonrisa capaz de voltear el mundo que ya para ese momento se encontraba al revés.

Sus carcajadas se escuchaban en todo el recinto, ahora mudo y sombrío, donde quienes se atribuían el éxito de la vida rumiaban para olvidarlo. Las paredes mudaban la pintura del fanatismo, cuyo color en escamas era reducido a alfombra con esa reverberación temida que se escapaba de día y de noche, persiguiendo a quienes disfrutaban miserablemente lo que no podían poseer. Insulto tras insulto, humillación y persecución, resultaban incapaces de tapar el brillo de los dientes, la luz de los ojos y el flujo que su boca abierta regalaba a la atmósfera viciada en la que se convirtió esa institución, modelo de antes.

La nomenclatura no lograba someter con toda su maldad a esta criatura que resultaba perniciosa por su capacidad de contagio, y cuya alegría eventualmente podría develar la miseria que se había posado en las almas de esta masa muerta en vida, incapaz de respirar sino cada quincena con una precisión asombrosa.

Ni en los términos más mezquinos, ni en las asignaciones impensadas, ni siquiera en las deducciones descritas por quienes no podían verla a los ojos, lograron mover su convicción, su hermosura y su humanidad. Era más grande que las consignas y se escuchaba más que los gritos.

Cuando decidió seguir su vida hacia ese lugar previsto sólo a los valiosos de alma y corazón, se fue caminando por sus propios medios ante la mirada inerme de quienes no lograron, ni lograrán nunca, doblegar el espíritu de la decencia que no necesita de malos sentimientos para imponerse.

Hoy a pesar del paso del tiempo, el eco no deja de retumbar en los oscuros recintos del edificio ahora saturados de gestos grotescos y lemas cínicos, de una carcajada sostenida, graciosa y pueril, que dibuja su cara de pecas en cada pared, a pesar del empeño inútil de los batallones de turno quienes no se dan abasto de pintar con rabia lo que no puede ocultarse por naturaleza.

Gustavo Pisani – Bartlesville – http://www.trafford.com/06-3241

 

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Written by gpisanic

20/10/2010 a 1:01 PM

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