Un gato en el año del tigre

Mi gato maúlla por siempre.

El rayo de colores – 5

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El rayo del Catatumbo?

Descarado.-

La primera vez que entendí las dificultades para reconocer las caras de personas conocidas, entré en pánico. La frecuencia con la cual escuchaba el típico saludo afectuoso, llamándome por mi nombre completo, de aquellos a quienes no lograba relacionar con alguien familiar, fue aumentando progresivamente a niveles alarmantes.

El tránsito por el Liceo Andrés Bello, ubicado al Oeste de mi antigua escuela, junto al Parque Carabobo, no resultó tan dramático quizás por la dispersión reinante entre los alumnos del mismo salón. El ambiente era más relajado y menos inocente que la escuela primaria. Algunos fumaban en los baños, otros iban al parque, y el riesgo extremo del momento era representado por un folletín irreverente, capaz de remover las convenciones, distribuido con un celo jamás visto pero apetecido por el público lector gracias al humor innegable y a las verdades inocultables de esta comunidad escolar.

Las bellas negras de Narváez, esculpidas en ébano, eran testigos mudas de mi desconexión cuando veía pasar a Anaida Aponte, a Maribel o a las hermanas Alonso, incapaz de emitir el nombre que no correspondía a esas caras bellas y estupefacto ante sus encantadoras sonrisas de burla, mientras comentaban los últimos chismes de adolescentes entre sí.

En clases no era posible concentrarse fácilmente debido a que la zona alrededor era mucho más ruidosa y el tráfico se concentraba con mayor afán desde la Parroquia La Candelaria, donde los Canarios venidos de España establecieron tienda aparte tan temprano como el siglo XVII, con sus bodegueros, sus artistas y especialmente sus cocinas. Esto lo convirtió en el primer barrio de la Caracas de los techos rojos hasta que lentamente fue engullida por el resto de la ciudad, en su desaforada expansión.

Bajaba a pie desde la Esquina de Urapal en la Avenida Urdaneta, hasta el Liceo durante las 6 cuadras más españolas fuera de la península de la madre patria. Tascas, bares y tiendas con los artículos de temporada esperados del otro lado del océano. Todavía quedaban trazos del tranvía que recorría esa parte de la ciudad que se fue.

Para el momento de ingresar en la Universidad Central de Venezuela, el tránsito por la Plaza Cubierta del Rectorado a horas del mediodía podía ser aterrador. Me paraba al lado del Pastor de Nubes, mi escultura favorita, para esperar sin mucho éxito que bajara el intenso flujo de estudiantes de una facultad a otra. Durante largos períodos de observación me parecía conocer a muchos de los presentes, porque una de las características de esta patología (que reside en una zona muy específica del cerebro) es confundir los rasgos de manera miserable. Miradas, gestos, confusiones y sorpresas, es un océano profundo y agitado donde nos encontramos sin salvavidas. Por el contrario a veces me encontraba en medio de un desierto incapaz de ver a alguien familiar. Sencillamente insoportable.

Junto a la obra magnífica de Jean Arp, me sentía como en el cielo, literalmente hablando, esperando bajar a la tierra de nadie ubicada justo al Norte del Rectorado, a la sombra del Reloj de la Central.

Para complicar más aún las cosas, por alguna razón que nunca he logrado comprender, la gente me confundía frecuentemente con alguien conocido para ellas. Un nutrido torrente de estudiantes anónimos me rodeaban, sin colores posibles de distinguir, en un mundo lleno de almas saludándome por todos lados y yo incapaz de traducir sus nombres, menos aún lo que nos unía.

De modo que para ese instante crítico de la vida, sea por las flagrantes combinaciones de vestimentas imposibles que era capaz de lucir, o por la indiscreta costumbre de no saludar por desconocimiento a los allegados, o confusión de los mismos, mi existencia estaba sufriendo un franco deterioro.

El caos único y exquisito que esta Alma Máter es capaz de brindar a sus hijos en ese mar de azules boinas, te gradúa mucho antes de entrar a la imponente Aula Magna, momento cuando uno flota bajo las Nubes de Calder envuelto en togas de color oscuro.

De eso sí estaba completamente seguro cuando salí a trabajar para pagar mis estudios.

Sigue….

 

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Written by gpisanic

13/10/2010 a 1:01 AM

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