Un gato en el año del tigre

Mi gato maúlla por siempre.

El rayo de colores – 2

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En la distancia del tiempo reconozco que desde esa circunstancia, he logrado acumular en la mente a todos y cada uno de mis recuerdos, con detalles inesperados pero minuciosos empacados primorosamente, sin desperdiciar ni un solo segundo, y esa capacidad la atribuyo exclusivamente al terrible evento del cual considero que nací de nuevo. Sin embargo confieso que regresé con algunas ventajas, las cuales se han venido manifestando curiosamente. La memoria multimedia es apenas una de ellas.

Esos primeros tramos de la extensa recuperación se encuentran exagerados a buen resguardo en el archivo personal, bajo el efecto de un gran lente de aumento, el cual grabó al fuego de la luz los aspectos del retorno a la tierra. Constan de infinitos dobleces y texturas que acaricio con aprehensión cuando divago, lo cual ocurre no pocas veces al día debo decirlo. Otra de mis características.

Infinitos recuerdos de una claridad espantosa e incluyen entre tantos de ellos; el mobiliario del cuarto en la clínica, el sonido de los resortes de la cama, el mecanismo de inclinación del lecho y sus manivelas, los biombos de lona tirante con marco de metal pálido, el sopor de las almohadas, el roce de las sábanas, el movimiento ondulante de las enfermeras, sus perfumes etéreos y la presencia del doctor, quien se imponía en todo el piso, aún cuando apenas venía subiendo por el vetusto ascensor de puertas plegables y hoja batiente con visor redondo de cristal similar al de un camarote, ubicado al fondo de un pasillo interminable.

Las sensaciones, los sonidos y la paz del hospital, se quedaron conmigo para siempre arrullándome cuando es necesario. Desde las notas transcritas en la larga y milagrosa historia médica, con sus letras de araña rasgando por tonos sostenidos más allá de la pluma brillante en la mano del galeno, con su pelo cortado a la perfección y sus manos blancas, hasta las variadas formas de las pastillas del interminable tratamiento sobre la mesa de noche, todo está allí perfectamente guardado, con un celo único que no le dedico a otros aspectos de tanta importancia en mi devenir. Cosas de iluminados.

Cierro los ojos y siento la caricia de esas Ángeles de la Guardia en la cara, quienes nunca me abandonaron; respiro el almidón en sus uniformes con medias de nylon satinado de vena oscura a todo lo largo del anverso de sus piernas con zapatos impecables a suela continua, de goma del mismo color, que mordían con cortos sonidos el piso brillante de linóleo a mosaicos blancos y negros. El ritmo de sus andanzas por todos los pasillos ejecuta una sinfonía celestial, a veces sostenida otras acongojada, según la ocasión. La presencia de ese concierto de fondo se encuentra todavía al alcance de mis sentidos.

El Cuarto de recuperación número 215 disfruta de la vista al Cerro El Avila, lo cual no es de extrañar en este valle dominado por ese extraordinario monumento natural, además de contar de un ángulo conveniente que da directo a la ventana de la cocina institucional, cuyo olor no se ha desvanecido a pesar de las décadas transcurridas desde entonces. Hasta ese momento, no sabía que la nariz tenía memoria.

Luego de tantas esencias en el aire, concluyo que la sopa de caraotas blancas de los días martes tenía que ser el castigo a los pacientes incómodos, aquellos que gritaban y se quejaban permanentemente. Pero las lentejas del jueves eran el ticket directo a las calderas del sufrimiento eterno, para aquellos irredimibles, sin pasar por el purgatorio de las ensaladas. Una curiosa manera de administrar el castigo eterno.

Entrecerraba los ojos para imaginar al personaje responsable de estas expresiones de la comida. Seguramente de aspecto satánico y gran sombrero Toque Blanche, con la modificación prevista para dar cabida a sus cuernos y elegante uniforme negro de Chef, administrador de turno de ese tránsito de la vida entre vapores y órdenes, rasgando eficazmente la cortina de humo con su cuchillo carnicero y una mueca alabeada. El insoportable eco de su risa reverbera en las ollas donde hervían culpas y culpables todas por igual. Sus temibles ojos felinos reflejan al infinito la expresión de los asistentes de ese salón dudoso, con arrugas oscuras que no lograban detener las lágrimas cuando machacaban especies y sazonaban guisos, mientras reproducen los versos de Dante en voz baja, convictos de su condena infinita. La procesión entregada a su suerte, marcha entre hornillas de llamas largas y ondulantes, cuyas siluetas bailan contra las ventanas a un ritmo espantado desde mi escondite bajo la almohada.

Los grabados de Doré de las Fábulas de Lafontaine habían ganado con todo derecho, su espacio propio en mi gran mundo imaginario, donde reflejaban esas sombras a las que les era tan afecto y no salían de los sueños de día o de noche. Era mi libro de lectura durante esas jornadas interminables.

Vivía rodeado de caras de incredulidad, empezando con la de mi madre que no podía creer sino en un milagro. El Doctor José Gregorio es grande, que no le quepa la menor duda a la Oficina del Vaticano encargada de su beatificación.

Las horas de visita se llenaban diariamente de gestos indulgentes, lágrimas sin reprimir y señales que respondían más al duelo que a la existencia, todos querían asegurarse de mi integridad mental y lo hacían por medio de las preguntas que jamás esperé escuchar en esta precaria cordura. ¿Te duele? ¿Cuántos dedos tengo? ¿Cómo es que tú te llamas? ¿Sabes quien soy yo?

Entonces todos por igual agitaban la cabeza de un lado a otro, en medidas que variaban del gesto mecánico hasta negaciones completas, generalmente acompañadas de bocas fruncidas, tratando de ahogar un diagnóstico reservado para este pobre inocente con el cerebro frito por un rayo. Pasaron las semanas y los meses, los eventos de vida y muerte, cumpleaños y celebraciones, nacimientos y partidas. El mundo no se detenía.

Luego de tanta agitación, descubrimiento y personajes de todo tipo, al cabo de ese extenso período me encontré finalmente de vuelta a la casa, en mi cuarto, rodeado de juguetes, fotos y objetos familiares; supe entonces que algo pasaba en mi organismo de lo cual no me había percatado antes.

Si era un cambio no lograba identificarlo, pero de lo que estaba totalmente seguro era de la sorpresa que causaba en los que me rodeaban, ahora que algo me diferenciaba singularmente del resto de mis congéneres. No se trataba de las marcas de los eslabones que cruzan mis manos para siempre, ni de la cojera leve de una pierna que me dificulta correr. Era algo más que eso.

Fue a lo largo de los próximos años durante los cuales siempre de manera gradual, noté algunas de esas características particulares e inauditas del funcionamiento de este pobre cuerpo de corriente alterna. De manera similar sucedió con la mente y el pensamiento. Algunos otros sentidos se hicieron notar por sus transformaciones inesperadas. Aún espero sorpresas. ¿Qué será de mis hijas?

sigue…

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Written by gpisanic

11/10/2010 a 1:01 PM

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