Un gato en el año del tigre

Mi gato maúlla por siempre.

El orate del trabajo

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-Vamos a terminar pagando por ir a trabajar – dijo el anacoreta a la sombra del puente entre la razón y el olvido. Nadie a su alrededor reparó en sus palabras, mientras se despertaban a otro día de supervivencia brumoso en la gran capital Nipona. La neblina perseguía los cuerpos mientras encaraban el futuro de las próximas 24 horas, restregándose la cara sin convencimiento.

Viviendo a las puertas del Zoológico Ueno en Tokyo, los menesterosos recogían sus casas de cartón para dejar libre la entrada a los visitantes deseosos de conocer al último Oso Panda. Como en una procesión, con todo el vestuario puesto, la fría mañana de principios de la primavera los ve desaparecer entre la bruma hacia un lugar desconocido, hasta que la tarde les permita regresar al próximo lugar disponible.

-No va a haber retiro, la gente se va a morir en los puestos de trabajo – exclamó ya desde el bosque rodeado de edificaciones futuristas. Uno que otro trabajador apresurado hacia la boca del metro, apenas repara en el discurso pesimista mientras trata de desayunar su camino hacia las próximas 12 horas de ocupación febril. Algunas de esas caras pasajeras le son conocidas en su neblina mental.

La carga de trabajo y las condiciones de empleo, luchan por degradar la vida de la masa laboral que teme por la competencia creciente acumulada en las puertas de las oficinas. Desde adentro se oye el murmullo, como en el cuento de Matheson, cuando los zombies le gritan a Robert Neville que van por él. Pero esto no es una leyenda.

-Cada vez hay más responsabilidades y menos empleados ¡ – gritó desde las profundidades de su voz cavernosa, quizás oculto en una alcantarilla a salvo de la policía. Dispuesto a hibernar durante el día, se recogía entre los residuos que corren bajo sus pies.

Su conciencia le tiende trampas, se ve a sí mismo frente a la gran corporación internacional sobre cuyas oficinas jamás se pone el sol. En sus manos el destino de miles de vidas y de yenes. Es un hombre afortunado, con su empleo, su posición social y lo más importante, su familia.

Frunce el ceño manchado de tizne, cuando recuerda los eventos que aceleraron su caída desde lo más alto. Una petición de parte del Consejo Ejecutivo con visos de mandato, hay que disminuir la plantilla. Sus creencias taoístas le indican lo contrario, el empleo de por vida era una promesa inicial a los que dejaron su existencia dedicados al engrandecimiento de la firma. Ahora el cambio de rumbo desecha la política, la nueva realidad deja a la vida laboral sin sentido. Dónde está la lealtad? – preguntó entonces a un cuerpo sin cara, ese directorio anónimo. Repite la pregunta en silencio, bajo la tapa de su escondite, moviendo los labio cortados por el frío.

-Sólo cumpla con su obligación – y lo hizo, recordó, mientras reía para sí mismo sin dientes, en ese hoyo existencial.

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Written by gpisanic

30/09/2010 a 1:01 PM

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