Un gato en el año del tigre

Mi gato maúlla por siempre.

Siglo XXI

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El ocaso final

El registro del tiempo se detuvo en todas las máquinas al mismo instante, cuando una sombra de alcance global dejó a la humanidad en oscuras y los gritos simultáneos de millones de almas que esperaban este momento apocalíptico, desgarraban el viento ya detenido por la ausencia de aviones y trasatlánticos, en un mundo sorprendentemente más azul que nunca pero sorprendido por este juicio tecnológico anunciado por todos los medios reales y virtuales.

Las alarmas se dispararon simultáneamente, las industrias detuvieron su marcha eterna con un sonido espantoso rodeado de aceite por todas partes y los vehículos chocaron entre sí, como esclavos condenados por la muerte de su rey, a compartir su tumba en vida. Los sonidos llegaron al éxtasis sonoro hasta hacer llorar los tímpanos con lágrimas de sangre y de la misma manera que se iniciaron, cesaron para mayor sorpresa de los ya desahuciados habitantes de ese infierno que les rodeaba, sin ellos querer percatarse de ello desde hacía ya tanto tiempo.

Los animales de todas las especies, huyeron de la vida que les quedaba en frenética carreta limitada a sus propios medios, directo al mar para convertirlo de inmediato en la tumba natural jamás pensada y nunca esperada, gran pozo séptico de inimaginables dimensiones.

El miedo se hizo presente en todas las almas capturadas en este instante único y obviamente, final de sus vidas vacías, exhaustas y perecederas, donde la tenue trascendencia de sus compras desesperadas, no les acompañará en su precario futuro inminente, lleno hasta el momento de carreras contra la nada y contra nadie, donde el triunfo es tan banal como la carrera misma que lo persigue sin ninguna otra motivación diferente al culto del ego.

A ese sentimiento que reflejaba la total  lenidad del espíritu de los tiempos, siguió una irrefrenable violencia contra todo y todos, cuyas víctimas iniciales contaron con los inocentes infantes y los débiles seniles, para arremeter en acto de barbarie contra el resto de la ya perpleja humanidad, a ese momento ya incrédula ante tanta cobertura informativa que no llegaba a ningún receptor, inútiles para dicho momento.

La hecatombe multiplicó la ira acumulada en los agresores y la estrelló contra una masa harapienta, desgarrada y mortalmente herida en su vena principal, rotos los frenos de la maldad, se hace la muerte sobre la vida. Ríos de cuerpos saturaron los cauces originalmente destinados al transporte, las aguas se tiñeron de rojo y la pestilencia robó el aire para cederlo a las moscas que superaron en número a los miserables sobrevivientes de tan brutal fecha, hasta acabar con los victimarios en un ciclo de total e indetenible destrucción.

Al cabo de un lapso irreversible para la humanidad, en el camino de su extinción anunciada pero negada por los mismos verdugos actuales, quedaron las ciudades sin gente, las máquinas sin movimiento y los espacios sin transporte, en un espantoso vacío de toda actividad que no fuera de agónica supervivencia de los contados especimenes humanos remanentes, con su inexorable destino fatal en espera de los breves plazos fijados por la muerte dueña del mundo para ese tiempo y en lo sucesivo previsible.

Al final, sólo queda el silencio en un planeta vacío, lleno de restos y despojos, pero con todas las edificaciones intactas aunque inservibles, plantadas a lo largo de toda la extensión del imperio de la civilización que no creyó en sus propias predicciones de fin de siglo.

Sueños nunca soñados, esperanzas jamás expresadas y amores por siempre perdidos, ante una ausencia de fe en si mismos que les trajera al cierre de los tiempos, al que llamaran por facilidad mnemónica el día del juicio final, aunque sin jueces ni acusadores.

A partir de ese evento, el tiempo no existió para nada ni nadie, la vida cambió de sentido, porque no había quién la viviera y el planeta cambió de nombre, en ausencia de quién lo llamara por su denominación antigua, otorgada por el hombre en un afán de separar su terreno del resto del universo, en un acto vano de toda vanidad, perdido de una historia que no va a ser escrita nunca más.

Finalmente había llegado la hora de la verdad, era el 1° de Enero del año 2000.

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Written by gpisanic

07/09/2010 a 1:01 PM

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