Un gato en el año del tigre

Mi gato maúlla por siempre.

La Polvareda del 36

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Se secó el Yuruay una tarde de Agosto de 1.936 luego de un verano de varios años. Y adonde fue a dar tanta agua? se preguntaron asombrados los habitantes de El Callao. Qué vamos a hacer con el puente de Don Eiffel? La inquebrantable vocación minera se encontraba a prueba en esta esquina de la Gran Sabana Venezolana. Sin agua no hay oro.

Se fueron preocupados en excursión tras el hilo remanente, aguas abajo, recogiendo pescados sorprendidos en su sueño, hasta llegar a San Félix. La polvareda los recibió a la altura de Macagua, donde la gente apartaba el oro para rescatar los diamantes. Como un hormiguero, la actividad incesante en el lecho reseco no dejaba piedra sobre piedra.

Los gritos, las discusiones y las peleas, amenazaban la extracción de esa riqueza que se había acumulado eternamente en la garganta del Caroní, justo antes de ir a dar al Orinoco. Un par de tristes escorrentías apenas recordaban el rugido vigoroso, en medio de la orografía dramáticamente expuesta a la vista de los afortunados. Pero no se contentaron con remover las vetas de oro, los ríos de jade o los meteoritos de hierro que adornaban la vera desnuda, se dedicaron con furia inexplicable a destruir ese paraíso inesperado, que desde siempre había estado protegido por las aguas negras del mayor tributario del país.

Entonces un grupo de indígenas de las etnias Mariquitare y Panare, se reunieron con el Shaman para salvar a la naturaleza del hombre. No necesitó palabras en su sabiduría infinita, apenas elevó su mirada envuelta en chopo y las nubes en rebaños, fueron todas a pastar justo en el cruce seco de los antiguos cauces.

Y llovió por siempre, al parecer de los mineros quienes trataban de robar las últimas piedras al avance del torrente marrón. El agua retomó su lugar en este concierto de truenos, que castigaban el paisaje de Tepuyes en el horizonte, como si dictaran les penitencia a sus paredes infinitas. Una plana escrita en granito para no olvidar, jamás.

Cuando el puente recibió de nuevo el caudal entre sus estribos, los mineros derrotados aparecieron aguas arriba, con esa mirada perdida en la apuesta del día. Vestidos de barro, sin una piedra de valor en su haber, era otra jornada en sus vidas concentradas en lo inmediato.

Acostumbrados a empezar de nuevo en cada mañana, no era necesario convencerlos de la necesidad imperativa de seguir excavando para arrancarle la existencia, piedra a piedra y picotazo a picotazo, a esta tierra tan dura y tan roja, que pinta por dentro y por fuera a quienes vienen por sus riquezas encomendados a su ingenuidad.

La polvareda del ’36 les mostró lo terrible que resulta la belleza, cuando no se le da ningún valor.

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Written by gpisanic

17/08/2010 a 7:30 AM

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