Un gato en el año del tigre

Mi gato maúlla por siempre.

Sigmundo

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El consultorio brilla bajo la luz combinada de halógenos y fluorescentes, cuyo matiz logra un efecto muy adecuado en los muy numerosos, ordenados y silenciosos pacientes que plenan todas las sillas de estilo italiano del recinto, al igual que las sillas no italianas también.

La decoración escueta y profesional culmina con una alegórica representación maternal en un lienzo de gran firma y alto precio, pero escasísimo valor plástico, ubicado en la pared que da al poniente.

En cada esquina de la sala de espera, un jarrón glasé con flores de cristal y en el centro, la mesa de laca no dejaba al azar la aparente descuidada distribución del material de lectura entre los cuales destacan las publicaciones dirigidas a las mujeres en pos de su superación sexual.

Un ejemplar agotado del tabloide vespertino, brinda el carácter inmediatista a una atmósfera sesgada por el dilema, la indiferencia y sobre todo, la agonía de la audiencia presente.

La secretaria completa la puesta en escena de toda una obra dedicada al culto de la personalidad del “doctor”. Las respuestas en clave dictadas por esta profesional del tablero telefónico, suenan siempre a algo como el doctor no está, el doctor le llamará, el doctor etcetera.

Su presencia es impecable mientras que su anatomía, a juicio de lo visible, no se queda atrás. Ni uno sólo de sus pelos se encuentra fuera de lugar, ni uno sólo de los colores desmerita el cuadro que sus rasgos dibujan y su vestimenta, más que una muestra, es toda una exhibición. En suma su dinámica presencia llena todas las largas horas durante las cuales, los muy pacientes esperan y esperan mientras el ritmo de vida de los dos bandos en pugna, se confrontan bajo una mirada quieta, idiota y ajena de cada uno de los desafortunados presentes.

En el más inesperado de todos los instantes transcurridos hasta ese preciso momento, se escuchan unos pasos que se acercan a la aburrida sala mientras todas las respiraciones cesan su ritmo ordinario, hasta que el sonido conocido de una puerta se abre y para beneplácito de todos, sale un paciente quien trémulo y confuso, no logra colocar su mirada en ningún lugar donde no esté nadie y mirando con resignación al patético cuadro que agrede al ambiente, camina presuroso e inseguro hacia la puerta para escapar en busca de aire y vida.

En un rito practicado hasta la más absoluta perfección, la secretaria se dirige hacia el consultorio del doctor, justo en el momento en el cual la puerta se cierra detrás del último paciente en salir, como en una coreografía clínica de acertados movimientos.

Los pacientes miran de un extremo a otros de la sala mientras se cierra una puerta y se abre la opuesta, en un ping pong de cabezas en perfecta armonía. Luego no pasa nada, nada se mueve, nada se escucha y para gran sorpresa de muchos, suena sonoro y grotesco el teléfono del escritorio. Luego de las primeras campanadas insistentes, la desesperación inicia su trabajo y las uñas empiezan a ser devoradas por impacientes bocas que nerviosas se muerden a sí mismas, mientras el sonido aumenta su intensidad virtual y se hace cada vez más insoportable. Al límite ya del paroxismo, aparece la inmutable e inigualable secretaria en el instante de la última campanada al cabo de la cual transcurre un diálogo mudo, asintiendo o negando con la cabeza según sea el caso, aderezado con los demás gestos explícitos y tácitos, que tienen las largas uñas de esta profesional como intérpretes mudos.

Entonces, en medio del sopor de la espera infinita, luego de un período insostenible, te toca el turno que solicitaste hace ya tantos meses, gracias a la gran demanda de clientes quienes acuden en tropel a un consultorio con visos de Meca y vocación impenitente. Te tomas unos segundos insoportables para confirmar con tu mente lo que tus oídos han escuchado y con una gran expresión incrédula en tu cara, cierras la revista acerca de las recetas exóticas de fin de semana, la colocas parsimoniosamente sobre la mesa brillante y como en cámara lenta, muy lenta, te levantas  estirando los pies, arreglándote el traje barato y te diriges con paso firme hacia la anhelada puerta del consultorio.

Miras a los lados y todos te observan, el aire tiene un ruido extraño, tu corazón no deja de aumentar sus latidos y un zumbido de insecto se hace presenta como un pitico a partir de ese momento hasta que te acuerdes. La secretaria te habla pero su voz no se escucha, sólo ves su sonrisa congelada por un gesto de cabeza dirigido levemente hacia la dirección del inalcanzable consultorio del doctor.

Tu mano aparece en tu campo visual para abrir la manija y lenta pero seguro, la empuñas y procedes a abrir.

El recinto al cual trasciendes luego de cerrar tras de ti la puerta, es en sí una muestra del mayor culto a la imagen que se pueda esperar. Cortinas oscuras y pesadas, no dejan pasar ni un sólo rayo de luz natural, muebles de madera parca y pesada, saturan el lugar y allá en el fondo se encuentra omnímodo y poderoso, el doctor.

Rodeado de sus títulos, pipa en mano y pose estudiada, no te quita los ojos de encima desde el preciso instante en que cruzaste el umbral de los mortales para entrar en ese recinto glorioso dedicado a aumentar el patrimonio familiar de este miembro de los elegidos por Hipócrates.

Su voz organizada te indica en tono neutro que pases adelante, de una manera que no puedes impulsivamente negar, y mientras recorres el interminable camino entre la humilde puerta y el ostentoso escritorio, el sonido improcedente de tus zapatos retumba en cada una de las paredes, cada uno de los cuadros y cada uno de los adornos que no dejan un espacio inútil en las paredes altas e imponentes.

Máscaras rituales de civilizaciones perdidas, jardines completos de árboles enanos no más grandes que un tarro, trofeos de golf y la foto de familia con todos sus miembros henchidos de propiedades y activos gracias a tu necesidad de tratamiento.

La mano se presenta ante ti en un gesto automático, y mientras se estrecha una sola vez ya está abriendo tu expediente con la otra y leyendo al mismo tiempo tu nombre, que suena diferente en boca del doctor.

Este siquiatra tan distinguido ha sobresalido de toda una generación de estudiosos de la mente por sus sabios dictámenes, tratamientos exclusivos y diagnósticos acertados. Jamás se ha desviado de una manera apreciable en sus conclusiones y toda una masa de profesionales está atenta a sus comentarios que contienen sabiduría líquida y concentrada, suficiente para generar corrientes de pensamiento a partir de lo que luce como una expresión simple emitida por este insigne profesional. Su capacidad de análisis es legendaria y jamás se ha perturbado ni en los mayores desafíos de su vida profesional, el desapego por las intrincadas complicaciones personales de quienes vienen a poner el alma en sus manos, la frialdad del trato para separar los sentimientos del pensamiento y el profesionalismo en no sentir ningún nexo incluso en los casos más emotivos es motivo de admiración al límite del fanatismo, en fin es toda una celebridad y para confirmarlo, sus pocos allegados le llaman Sigmund, en virtud de su única libertad que se permite de manera pública en forma de culto al padre de esta intrincada disciplina.

Luego del intercambio inicial de información, el doctor te invita a ponerte cómodo en el diván de cuero anciano, el cual ha escuchado a presidentes, ministros y demás miembros de la sociedad civil y militar, en sus mayores cuitas y aún permanece impávido e íntegro.

Te sientas con especial atención hacia el mueble que inspira mucho respeto mientras que en pose muy profesional, Sigmund ya se halla instalado a tu lado con su libreta de notas y cara de mucha paciencia por venir, en una cómoda silla que hace juego con el diván, incluso en el color de los remates de metal que bordean toda la superficie acolchada para el tratamiento.

Ya instalado y desinhibido, te desabrochas la corbata y con un aire de resignación te dispones a emitir de tu más profundo interior la más descarnada de las verdades que te agobian.

Mirando al techo lejano, aclaras la voz para llenar todo ese espacio inmutable que te separa del doctor y de una manera convencida pero sencilla, le dices:

-Doctor, he descubierto que tengo una misión vital que no conocía y pienso dedicarle el resto de mi existencia a su fiel cumplimiento. Si puedo o no cumplirla será insignificante debido a que espero que muchos se identifiquen con mi causa y sin importarme, la tomen como propia para seguir por sus propios medios y dedicarle toda la energía y los recursos disponibles. Mi vida ya tiene sentido y dejé de lado a la familia, el trabajo y todo lo que me ataba a metas materiales, mediocres y mediatizadas que ya no me interesan en lo absoluto. He visto la luz!. Me voy a dedicar al exterminio organizado de las suegras donde quiera que se encuentren y ya empecé con la mía. La acabo de licuar en una mezcladora de cemento y la he vaciado en su propia lápida.

Doctor, qué piensa Ud. de mi caso. ? -.

El galeno te escruta por cuestión de algunos segundos imperceptibles.

Se inclina levemente hacia ti, toma el lápiz con la otra mano, se quita los anteojos de media luna y tomando aire para mantener su postura impávida, te dice de manera queda pero firme:

-Y que tengo que hacer para que sigas con la mía?.

Amor vertido

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Written by gpisanic

30/07/2010 a 9:15 PM

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