Un gato en el año del tigre

Mi gato maúlla por siempre.

Celestial

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Se siente algo en el aireLa vi caminando por el pasillo con su soltura natural, apenas afectada por las horas de vuelo, o por la impertinencia de los pasajeros, quienes en ese vuelo madrugador de cada Lunes desde Maracaibo a Caracas, por lo general son más malcriados que de costumbre.

Ya estabilizados a unos treinta mil pies de altura, casi a novecientos kilómetros por hora, llegaba el mejor momento del viaje que he realizado con religiosa devoción durante los últimos dieciocho meses, en mi continuo peregrinaje entre ambas ciudades, por motivos laborales poco convincentes pero mucho menos gratificantes.

Era entonces cuando sobre las planicies occidentales de los tributarios del río Torbes, se iniciaba el rito del desayuno y la magia se hacía presente en toda la cabina, desde el asiento Uno A hasta la mismísima cocina del avión.

De gran altura y mejor porte, esta azafata se distinguía con extrema facilidad del resto de sus compañeras, quienes no podían disimular la fatiga, el desdén y hasta el fastidio de lidiar con pasajeros irreverentes, irrespetuosos y desconsiderados. Esas caras mudas transmitían a gritos, la gran tragedia personal representada por el hecho de trabajar directamente con el público, sin estar dispuestas a ello.

Mientras tanto su uniforme no podía hacer ninguna justicia a ese cuerpo atlético, esbelto y decididamente provocativo que hacía lucir como unas colegialas a sus compañeras. Todo su conjunto reflejaba en suma, una dedicación a exaltar la belleza natural por sus propios e irremisibles medios, antes que acudir a ningún refuerzo cosmético, quirúrgico o ni siquiera dietético.

Cuando ya se encontraba cerca de mi asiento, el tiempo perdía todo el poco sentido que aún mantenía en nuestras ocupadas vidas, mientras que la biología daba viva fe de un espécimen que garantizaba las posibilidades de la perpetua reproducción de la especie, pues dudo que alguien se negara a ello ante tal monumento, llegado el momento de la verdad.

Segura de su absoluto dominio de la escena, procedía a disminuir su ritmo angelical, para acentuar su ya embriagadora sonrisa e iniciar el acto mediante el cual, la vida no servía para otra cosa que no fuera admirar la obra divina hecha por alguien evidentemente muy cerca de donde nos encontrábamos ahora a esta altura.

Se acercaba tanto que su respiración arrollaba con su melodía, y mientras se inclinaba al borde del pasillo, sobre mi silla numerada con toda la intención, se dirigía al resto de mis desafortunados acompañantes.

Entonces su perfil perfecto quedaba a la altura de mis agobiados ojos y podía detallar toda una geometría admirable, donde la secuencia de curvas, rectas y otras combinaciones, daba como resultado el más atractivo polígono con el que ni Euclides puedo haber soñado nunca en sus más atrevidos sueños. Las proporciones eran de tal delicadeza, que no había nada fuera de lugar, y su silueta servía de marco a los mayores ejercicios de la imaginación, fertilizada por ese trazo del límite entre el sueño y la irrealidad.

Ella rotaba su rostro y ya frente a mí con toda su expresión, en todo su rostro pleno de rasgos, dirigía no su vista sino sus ojos hacia mí, en los cuales me veía reflejado a mi mismo, como una caricatura presa de ese medio convexo, acuoso y brillante, donde las profundidades de sus negrísimas pupilas servían de prisión a los inocentes como yo, aquellos quienes caían estrepitosamente en esa delicada pero mortífera trampa, tan profunda que ni los gritos que no podía emitir lograrían salvarme de ese instante. Como una cerca que impedía escapar a ese dulce tormento, se encontraba un círculo más negro aún cuya frontera perfectamente delineada daba paso a un infinito y resplandeciente blanco de sus ojos, donde no cabía ninguna imperfección. Artesanos dedicados habían alcanzado la maestría en ese trabajo.

Una de las cejas labradas al mínimo detalle, se alza en un gesto inédito de gran impacto, mientras su parpadeo calculado perturbaba el aire que aún nos separaba físicamente, despeinando mis ideas de rescate de esta situación tan apremiante. Me encontraba al borde del evento más relevante de toda una semana, la cual pasaba típicamente encerrado entre las paredes de una oficina gris y vacía, donde las mayores emociones se limitaban a conseguir café aún caliente.

Mi hematosis dejó de intercambiar sus elementos y todas mis células dejaron de respirar al mismo tiempo, cuando el interminable momento infinitesimal, mantenía un gran suspenso eterno ahora reforzado con la fuerte impresión originada por una boca finísima que se entreabría lentamente, para dejar al descubierto dientes magníficos que iluminan por lo blanco y que serían capaces de arrancar las esperanzas de cualquiera de un solo mordisco, si así lo quisieran. Esa bóveda rosada y sedosa, era una invitación a lanzarse por el precipicio de sus profundidades, donde todas las muelas, premolares, caninos e incisivos, tenían su lugar preciso e irrevocable.

En la simetría de su cara todo era posible y pecas dulces e imperceptibles fueron distribuidas mediante un atrevido juego del azar, dando como resultado un conjunto único e irrepetible, imposible de ser reproducido ni por los mismos genes que se pusieron de acuerdo en esta afortunada oportunidad.

Como un accidente topográfico de gran valor escénico, su delicada nariz, no merecía un nombre tan poco relevante a tan especial apéndice de este organismo modelo. Proporciones exactas, dimensiones precisas y diseño exclusivo, me apuntaban como una mortal arma de sitio, a la cual me había rendido hacía ya muchas millas aéreas.

Cerca ya de las planicies centrales del sur de Carabobo, exangüe ante tal arremetida, estaba ya en la espera de la orden final de este peculiar batallón de fusilamiento. Rodeado de nubes y de un perfume cuya esencia no me abandona ni de noche ni de día, pensaba que si eso no era el paraíso, era lo más parecido que podía encontrar entre el cielo y la tierra.

Entonces ella aspiró el poco aire disponible, el cual tampoco fluía hacia mis pulmones vacíos y en el más gracioso de sus gestos, formuló la inefable y perentoria pregunta, cuyo sonido se quedó grabado entre mis oídos, donde se repite cada semana, de Lunes a Lunes, reverberante y acústico, de gran fidelidad y alta potencia, sin ecos ni distorsión, capaz de ser reproducido eternamente para poder escuchar en toda ocasión y a toda hora, por los siglos de los siglos, por el perdón de los pecados y por la resurrección de los muertos, el cántico celestial que reza:

¿Agua, jugo o café?.

Amén.

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Written by gpisanic

30/07/2010 a 7:50 AM

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