Un gato en el año del tigre

Mi gato maúlla por siempre.

Cuatro esquinas

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Un mar blanco rodeaba las cuatro esquinas, ese lugar mágico que servía de entrada al reino del oro del Callao. El sílice lavado de la Mina del Perú, inundaba el valle de Mocupia y en las noches brillaba con el oro que dejaron ir de los tanques, en el apuro por fundir los lingotes salidos de este lugar de inesperada belleza y misterio.

La ceiba se me hacía milenaria, y desde una de las esquinas dominaba todo el escenario con un toque luctuoso imposible de evadir. Sería la existencia del Cementerio de los Ingleses, o la Mina Las Gonzales, donde la tradición colocaba el cochano en boca de las calaveras, como dientes nobles de esa risa sin sonido, que murmuraba con el viento venido del Yuruari.

Las colas de Mocupia seguían creciendo, a pesar del cambio en el proceso de la mina, cuyos grandes tanques de sedimentación, competían con la elegancia victoriana de sus talleres impulsados por cintas de búfalo, legado industrial venido de praderas más al Norte de este rincón de Guayana. La razón de su expansión no era problema para la invasión sin pausa de tantos garimpeiros, quienes venía a escarbar ese manto lechoso así fuera con sus manos desnudas, como sus torsos. Seguían en su afán de revolver el pasado con el presente.

He visto lenguas de fuego interminable en los bajos más allá de Aguasay, con cicatrices a su alrededor que parecen no sanar jamás. Me sorprendieron volcanes de lodo en esquinas escondidas de los pastos infinitos de Urica, en dirección al lago de Asfalto de Guanoco, y visité campos petroleros fantasmas, apenas una esquina más allá de pueblos que despiertan como si no desearan saber del ciclo imperdonable de la minería.

Pero el Callao es diferente y las Cuatro Esquinas el mejor epitafio natural que pueda escribirse sobre la arcilla de este valle. Recuerdo al final de su calle principal, el camino a El Perú recreaba una dulce y tortuosa vía en dirección al cielo entre las nubes, pasando por El Naranjal. La gloria de su selva húmeda, entre cantos atronadores de todas las aves del mundo, cedía el paso a la boca de la mina que le dio su nombre, o al revés. En estos confines, la historia ya no vale mucho. Desde esa altura, la vista abrumadora de las playas blancas se expandía hacia la Gran Sabana, como un manto infinito que recuerdo de mi niñez.

Apenas unos años más tarde, cuando ya nadie se acordaba de recoger cochanos en plena lluvia, una vía directa cortó la distancia –y arrebató la belleza – al paseo entre el pueblo y sus satélites. Lo que siempre me pareció selva virgen, tenía en su haber los vestigios de oficinas de la Compañía, el camposanto, instalaciones míticas y personajes únicos. A donde fueron a dar las nubes?

Pero la imagen de lo que representa el equilibrio siempre roto entre la vida y la muerte de este lugar, se la debo a un viejo campesino, quien reposa con su silla de madera y cuero contra la pared de su rancho de barro. La dureza de la vida de minero no deja dudas del camino recorrido, donde ha dejado sus pulmones; se puede ver entre cada una de sus costillas, incluyendo las cicatrices. Su frágil contundencia se ampara de un viejo rifle, quizás el único compañero fiel que le queda. Al lado de su propiedad, que como él se derruye con las horas, lo que parece una plantación exhibe unas cuantas plantas de maíz, de mazorcas lánguidas desmayándose hacia el suelo arrasado.

Cada noche los garimpeiros vienen a escarbar el oro bajo el conuco, mientras el viejo sueña con fortunas que se le fueron de las manos aguas abajo del Yuruari.

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Written by gpisanic

27/07/2010 a 6:44 AM

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