Un gato en el año del tigre

Mi gato maúlla por siempre.

Callao universal

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Afinando la bienvenida

El bufar de los frenos nos despertó en medio de la noche, apenas el conductor del autobús prendió las luces y las quejas surgieron debajo de las mantas y almohadas, que empezaban a cobrar vida a pesar de la temperatura glacial del colectivo. Era la primera de las paradas en este largo viaje de Caracas a El Callao.

Habíamos salido en la tarde desde el terminal del Nuevo Circo, cerca de la plaza de toros que le prestó el nombre, y a la altura de Petare, al Este de la capital, la mayoría dormía arrullada por el motor y aterida del frío. En compañía de mi hermano, nos dirigimos en peregrinaje anual para visitar a nuestro padre, el Médico de la Mina de Oro más famosa al Este del Orinoco. Para el par de pre adolescentes que somos, embarcados en esta aventura extrema por nuestros propios medios, no hay nada que pueda sustituir el sentido de lo ignoto que envuelve esta travesía de más de mil kilómetros.

Nos va a tomar 17 horas de un trayecto que recorre la costa hasta Barcelona, desde donde baja hasta el Tigre al Sur de la meseta de Guanipa y de allí sigue hasta Soledad, en la rivera Oeste del Orinoco. Continuaremos Guayana adentro hasta El Cintillo, apenas a unas pocas horas de nuestro destino en esa larga jornada llena de emoción y de uno que otro susto.

En cada una de las paradas logramos restablecer las provisiones requeridas para sobrevivir las condiciones árticas del transporte, y El Guapo no era una excepción. Corazón de la zona del cacao, el aroma flota en el ambiente a esa hora y se puede disfrutar de dulces inexplicables, que no existen en ningún otro lugar del mundo. El arrojo tiene sus límites, pero hoy lo dejamos bajo llave y probamos conservas de coco, de plátano y de tantas otras cosas sin nombre. Debe existir una palabra que honre la exploración guiada por el estómago, porque eso es lo que hemos hecho desde que partimos.

La próxima parada es Anaco. El retrato que elaboró Miguel Otero Silva de la miseria rural frente a la presencia del petróleo, en su obra Oficina No. 1,no deja de asombrarme por la capacidad de describir lo indecible. Un sólo lugar resume el significado de ese caos social, las siete esquinas.

Los tramos rectos nos llevan por Santa Ana, San Roque, Chamariapa o Cantaura, y los vestigios indios de los K’riña, hasta que tomamos la vía recta a Soledad, interrumpida por la única curva del trayecto y bautizada como “La viuda” por razones que no deseamos aventurar. El sol nos recibe cruzando el puente de Angostura e impacientes nos recuperamos de un mal dormir, para estar listos en la penúltima parada, Ciudad Bolívar.

El reino del Merey no deja a nadie indiferente. Turrón, mazapán, conserva, jugo y semillas tostadas giran alrededor de esta silvestre fruta maravillosa. Es difícil elegir la mejor combinación de sus productos y el resultado son grandes bolsas que nos acompañan en el viaje por un trayecto, generalmente corto.

Guayana es otra cosa, dicen sus habitantes. Se refieren a esa vitalidad que brota del Orinoco, prende en su naturaleza exuberante y se luce en los naturales de la región. Venidos de todas partes, incluyendo las antillas del Caribe, poblaron esta tierra, la más antigua del mundo. En lugar de hidrocarburos, la zona tiene riquezas inescrutables, de piedras preciosas, diamantes, oro y especialmente de gente. Es fácil explicar la sonrisa en sus caras, si se vive a la vista de un Tepuy, cuyos grandes caídas de agua incluyen al Salto Ángel.

Estamos llegando, y reconozco ya al Cintillo, cuna del cazabe galleta. Recuerdo que las brasas bajo los budares, alumbran de noche el campo níveo de sílice, con un resplandor que compite con la luna. La campiña brilla hasta el horizonte, como de día. Se iluminan los árboles desde abajo y sus sombras se proyectan en las nubes, o así lo quiero ver en mi alborotada imaginación.

Pero la verdadera magia se inicia apenas dejamos Guasipati, a pesar del cansancio que nos hace ver imágenes a esta altura. La selva se hace más verde, la tierra más rojiza, como sangre y la ruta más larga y silenciosa. El gélido ambiente nos castiga. El último tramo está sujeto a las prácticas del sincretismo local. De esas oleadas de visitantes, remontando el río, nunca se supo cuántos shamanes hicieron maletas cargadas del temible repertorio Yoruba. Pero están aquí, sus trabajos lo demuestran.

La fauna se hace más atrevida, los grandes felinos ni se apartan del lado de la vía, como si te estuvieran cazando. Animales de todo tipo se van aproximando y siguen de cerca nuestro vehículo en caravana salvaje. Ya no sabemos si vamos o venimos, sólo queremos descansar. Los monos araguatos anuncian nuestra llegada con kilómetros de antelación, y finalmente al cabo de una curva aparece frente a nosotros con su garbo familiar, el puente sobre el Río Yuruary. Dicen que lo diseñó Eiffel, y lo cruzó el Príncipe Carlos de Inglaterra. Lo recorremos adormilados para darle vida a este mundo, donde las madamas se vestían de peineta y comían helados de Puerto España por la gracia de las morocotas, la moneda de curso legal del pueblo, hecha de lo que se recoge en sus esquinas un día de lluvia cualquiera.

Entre sueños notamos la algarabía por sobre los araguatos, por las ventanas vemos a personajes medio desnudos pintados de negro, jeques y odaliscas, mujeres con barba y gorilas que hablan sin parar. En la plaza un pendón le agradece al Doctor el haber salvado a su figura local, y hasta el cura está en la calle frente a un grupo de beatas con sus rosarios. Si esto no es realismo mágico, habrá que preguntarle a Remedios la bella, cuando regrese de su última gira. Parece que hemos llegado.

Es el día del grito de Carnaval, inicio de la bacanal tropical por excelencia. Nos sacan de los asientos en vilo, y al ritmo de la comparsa nos llevan bulliciosos hasta nuestro destino, dos cuadras más abajo. Aun  nos estamos despertando.

Así era el inicio de nuestra visita anual al universo de lo increíble ¡

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Written by gpisanic

16/07/2010 a 8:16 PM

Una respuesta

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  1. Yo tengo más bien un gato en el fotón.

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