Un gato en el año del tigre

Mi gato maúlla por siempre.

Diminuto

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Recordé la tragedia implícita en la vida de las praderas de Oklahoma, en una visita fortuita a un diminuto local que milagrosamente sobrevivía en la vorágine comercial de Bartlesville. Se llama el Pequeño Café (The Tiny Cafe) y su nombre hace justicia al espacio que ocupaba un taller antiguo.

Jean, su propietaria, está empeñada en demostrar el valor del sueño americano, aún en esta época de pesadilla generalizada que afecta al colectivo de esta nación. El local es ínfimo, y data de principios del siglo pasado, cuando la bonanza iniciaba su camino entre el Río Caney y sus alrededores del Condado de Washington. Eran tiempos de excesos, y de la buena vida tan lejana, que sus memorias siembran dudas hoy día.

En esta esquina de Oklahoma la vida es dura, de la manera que la describió Steinbeck y sus uvas de la ira; desapegada como buenos itinerantes y brutal como lo exige el trabajo de la tierra, tan plana y tan dura de esta región. No hay poesía en la vida de campo sujeta a tornados, sequías e inundaciones, en medio de la nada y con un legado de odio, dado a resentir de cualquiera que venga de lejos, así sea de paso.

Pero en el pequeño café no hay lugar para esa miseria, hay lugar para todos. Así me lo demostró Jean cuando me dio la bienvenida al pueblo hace algunas lunas, cuando todo era nuevo y auspicioso. Me recomendó la especialidad de la casa y con gusto acepté la propuesta. Las sonrisas eran gratis, algo inesperado en la tierra del dólar.

Como resultado, un apetitoso bocadillo apenas puede contener una ensalada de huevo cuya virtud reside en lo sencillo. Apenas un toque de aderezo, quizás vinagre, y mucho amor, clave para brindar lo mejor a los visitantes. Media sopa de caldo ligero, pero con buen sabor, calienta el cuerpo de la indiferencia que recorre estas calles. Una laja de pepinillo en conserva, completa el adorno del especial del día.

Mientras aplacaba mi apetito, sentado cerca de la ventana, recordé el carácter solidario de la familia Okie por excelencia, protagonista de la épica que concluyó en California. Ma Toad se erigió como la salvadora de una causa desesperada y aún en los peores momentos no dejó de alimentar a los suyos, y a los otros, en medio de las peores condiciones de la depresión del ’39.

Esta expresión auténtica, límite de la supervivencia tribal, se asoma en los momentos duros que no faltan en este antiguo territorio de indios. La peor segregación documentada entre ciudadanos de la misma raza, le hizo ganar un Nóbel al escritor que se hacía llamar Pigasus, un cerdo que quería volar como Pegaso, para escapar de esa miseria que todavía se resiste a ser desterrada.

El dulce olor del gran pesar continúa sobre esta tierra.

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Written by gpisanic

15/07/2010 a 7:10 AM

Una respuesta

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  1. GUAUUUU Gustavito, que bueno esta eso,

    Me gusta

    Esperanza

    06/08/2010 at 5:47 PM


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