Un gato en el año del tigre

Mi gato maúlla por siempre.

Palacio Bombay

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BombayEl recorrido de la Avenida Westheimer de Houston, expone al incauto al equivalente de las Naciones Unidas en sabores de la globalización, a lo largo de cuyas millas amplias y vastas nos ofrece una gama que parte desde los Pubs ingleses a comederos Vietnamitas, pasando por la gloria remanente de un virreinato que se nutrió de la cultura de Brama y Krishna hasta evolucionar bajo el surrealista mensaje de manifestación pasiva que sólo alguien como Ghandi pudo legar a su numeroso pueblo.

En uno de esos lugares destinados al culto de la cultura gastronómica Hindú, bajo la mirada complaciente de un adornado Rajá que nos acepta desde su retrato de pie sobre una piel de bengala inerme, el Bombay Palace se precia de ofrecer lo mejor de su comida a los habitantes del mundo entero que estén dispuesto a dar el paso al frente, ante las municiones de las especies que arteramente manejan los encargados reales y leales de las cocinas, del mismo modo que los nacionalistas lo hicieran ante las balas de los últimos representantes del reino guiado por la victoriosa reina del mismo nombre.

Con ese sentido del disfrute pero del sacrificio simultáneo inherente a sus meditaciones y dramáticos desprendimientos materiales, me hice presente en el salón iluminado bajo la mejor tradición discreta y somera de un art déco que no había influido aún los palacios y cotos de esta rancia realeza cazadora y depredadora de los bienes culturales y materiales del mundo antiguo por la gracia del Foreign Office.

El jefe de ceremonias me ofrece en el mejor de los sentidos una bandana para aceptar estoicamente el inminente fuego cerrado sin ver la cara de mis inmisericordes verdugos gastronómicos y cuyas emisiones ya impregnan el ambiente bajo el auspicio del obeso representante de la casta nativa, quien desde la comodidad de su marco mira satisfecho a sus leales sirvientes atender los antiguos amos convertidos en esclavos del sabor autóctono.

Con un gesto decidido, en el mejor estilo de las películas de los heroicos batallones imperiales en sus indebidas gestas ante pueblos manidos y desnutridos de estas zonas tórridas, desecho tan indigna salida y henchido el pecho lleno de tarjetas de crédito, acepto gustoso el peso de la gloria y retiro secamente de su propia mano la lista de opciones que en forma de menú se presenta ante mí para morir lenta y pausadamente en el mejor estilo Sutra.

El primer impacto no duele gracias al efecto del Papad o pan de lentejas crujientes sumergido en Chutney de Tamarindo, pero el daño empieza a ser inminente en la bóveda del sabor que es tomada por la sorpresa que el anonimato de un vino californiano no pudo superar. La acción continua del Pakora en cubos de pollo y pescado incrementa las bajas pero ante el llamado de los valientes, suena la trompeta en pos de las colinas formadas por un Noorani Kabab en el cual las piezas pollo yacen sumergidas en mares de Yogurt, poblado de ajo y sembrado de especies que se encuentran desde el Mar Indico al Rojo, casualmente el color de mi cara para ese momento comprometido de la batalla.

Levanto la bandana y seco los vestigios del encuentro como lo hiciera con las lágrimas de mi querida al triste momento de levantar vuelo hacia el frente, y es su dulce recuerdo junto a su fresco perfume que sobrevive y destaca del caos de la batalla, el que me permite revivir al tercer plato desde las tinieblas para venir a reinar sobre la mesa y juzgar los platos que siguen en este encuentro donde las salidas son comer o ser comido.

Es cuando se incorporan los regimientos de regiones tan lejanas como desconocidas cuyas manifestaciones nos colocan al borde de la costa que facilitaría la retirada, pero donde aparecen los platos Malabari cuyas preparaciones de pez con coco, curry y especies del sur nos permiten añorar aunque por un solo instante de este fragor fatal a la antigua iguana en coco, que nos iniciaron en la aventura gástrica en los bajos de La Cañada en la lejana Zulia.

De una manera cruenta pero efectiva, se incorporan al teatro de operaciones los Langostinos encendidos de curry picante tipo Vindaloo, una especialidad de la zona de Goan los cuales compiten en su propio terreno con la mezcla de Camarones tipo Jalfrezi con cebollas, tomato, brócoli y coriander. Atrás percibimos al comando elite conformado por el Boti Kabab Peshiwari en cubos de ovejas marinadas del Peshawar asados al horno inclemente para templar su sabor delicado y amenazante.

El parque llega con el refuerzo del vino, el cual como la caballería ligera entre triunfante entre tanto destrozo de bando y bando, y cuyo armamento de Roti, Pudina, Aloo, y demás panes de Cebolla, ajo, pollo y frutas nos permiten avanzar hacia el punto acordado.

El armisticio finalmente se firma bajo la luz de las velas, mientras sanamos nuestras heridas como si fueran hechas por los dientes del pobre Tigre de Bengala que reposa bajo el peso del Rajá y cuya mirada de cristal nos recuerda las gloriosas praderas y junglas de las cuales fuera su dueño absoluto, hasta que alguien aún más depredador casi acabara con todo su vestigio.

Un Rasmalai de queso casero con leche y pistacho, en unión del infaltable Gulab Jamun o suspiros de leche reducidos en sirope de rosas con un toque de cardago nos permiten ganar el camino de retorno a nuestros cuarteles, de donde saldremos en manifestación pasiva para seguir reclamando nuestros derechos de comensales, con la anuencia del rajá de turno.

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Written by gpisanic

06/07/2010 a 7:01 PM

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