Un gato en el año del tigre

Mi gato maúlla por siempre.

Geoje

with 2 comments

Comida veloz
La bahia de Geoje apenas se percibe entre las brumas del Mar de China y las naves de la rada emergen como moles de un sueño eterno, justo antes de iniciar su periplo por todos los mares del globo. Las dimensiones son de tal escala que retan por sí sola cualquier ejercicio de la imaginación. Pero si uno observa con atención podrá apreciar el devenir de miles de almas atareadas alrededor de los cascos, en sus cubiertas y estimar tantas otras en las interioridades de esos mundos metálicos.
La “Wán hóu haí” no era la excepción y como reina de los mares, fondeaba majestuosa entre otras naves que no le hacían olas. Chú sí se afanaba en su cocina rodeado de un agitado ejército de ayudantes, de estricto blanco naval, dedicados a reducir los mundos vegetal, animal y mineral en algo comestible. Su rigor era tan imponente como el casco que los rodeaba y el único sonido perceptible, el bullir de una sopa irreductible en el centro de las hornillas. Los vapores saturaban el ambiente mientras la concentración en los detalles era extrema. Más que una cocina parecía un quirófano.
Su menú antecedía a la impecable reputación, especialmente en cuanto a presentación y velocidad, dos aspectos determinantes en la restauración. Era capaz de pelar una naranja con una mano, mientras desplumaba el pato con la otra. Sus logros eran tan extensos como su abdomen y su voz tan sonora como el aplauso solitario, de una palmada, que se bridaba al cabo de sus proezas. No permitía distracciones y su presencia dominaba la cocina, los comederos y se extendía hasta la bodega, las cavas y los casinos. La intolerancia del chef era conocida en cada una de las provincias Chinas donde dejó su marca profunda. Literalmente.
Hoy era un día muy importante, los visitaba el nuevo Capitán. Del anterior apenas se supo que desapareció con gorra y todo un día por la tarde. Dejó todas sus pertenencias y nadie le recordaba al cabo de unos días. Era de muy mal comer.
Abordó por una escalerilla a estribor, donde le esperaba el segundo a cargo, frente a una pequeña formación de protocolo, para la bienvenida bajo el puente de mando frente a la cubierta principal. Luego de visitar la casa de máquinas, los camarotes, el casino y todas las cubiertas, se dirigieron relevados de tensión hacia la cocina, antes de pasar finalmente al comedor de oficiales.
El momento de la verdad ocurrió muy temprano ese día lleno de luz, viento y gaviotas. La nueva autoridad fue precedida por un temeroso asistente al entrar al recinto lleno de aromas. Todos dejaron sus tareas y pasaron a formar al frente de sus mesas, alisándose los uniformes. Detrás y por encima de ellos sobresalía por varios centímetros el señor y amo del hambre y las viandas, en jarras. El nuevo capitán entró con aire de autoridad y sin pestañear miró con determinación las ranuras bajo el paño blanco, que eran imposible de detectar a la distancia. Saludó con un gesto y salió apresurado con su gorra bajo el brazo.
Mientras todos regresaban a sus tareas sin descanso, el gran Chef siguió con la vista la procesión que evitaba quedarse rezagada tras el nuevo responsable de sus almas. Hasta que salieron del comedor no colocó en su funda el reluciente cuchillo que sonaba al sacarlo como una espada de samurai. Ese silbido enfriaba la sangre a su alrededor, y algunos cerraban los ojos aterrorizados de imaginar lo inimaginable. Difícil tarea.
Entonces entró en la cava, cerrando tras de sí. Al fondo tras los estantes, se encontraba un cuarto aún más reducido, su oficina. Abrió el candado, cerró la puerta por dentro y prendió sin tantear, el bombillo macilento de una lámpara que se bamboleaba, arrojando luz en el espacio lleno de las piezas y cortes más preciados de la despensa. Se colocó un cigarro en la boca y procedió a buscar lumbre, apartando indiferente a una gorra ajena a los papeles y lápices sobre el ínfimo escritorio. Arrimó con el codo los patos laqueados que pendían enganchados en fila y por un instante apenas, como un destello en esa penumbra, al cabo del bamboleo de las piezas apareció al final una de blanco. La llama apenas iluminó un gesto indescriptible en su cara, como esperando cuándo le ordenarían cambiar el menú.
Bartlesville, Enero 18,2010

Anuncios

2 comentarios

Subscribe to comments with RSS.

  1. […] razones de su profunda congoja, pero pronto se contagiaría al resto de toda la tripulación. La cubierta ameritaba más limpieza de lo normal, las lágrimas la hacían […]

    Me gusta

  2. Haha woow! Lo lograsteee.. Y para mi mala suerte la lei minutos antes de dormir y con la luz apagadaaaa!! Buenisima 🙂

    Me gusta

    andrea

    25/01/2010 at 6:09 AM


Deja un comentario por favor

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Aventurándote.

Blog de viajes y montaña.

Revista Marítima

La información "Premium" del sector marítimo internacional

Messieral

«Historias en Ascuas para un Día sin Nombre»

poesiadesencadenada

Este es mi pequeño rincón donde plasmo mi vida, mis opciones, mis errores, mis lecciones

El Destrio

Donde termina todo lo que no tiro a la papelera.

A %d blogueros les gusta esto: